Algunas Claves de la
Claridad en Periodismo (1)

 

Dr. José Francisco Sánchez
Facultad de Comunicación Universidad de Navarra
 psanchez@unav.es


Desde hace varios años, los directivos de las empresas periodísticas intentan dar respuestas a una misma pregunta: ¿Cómo puede mi periódico competir eficazmente con la televisión? Las respuestas han sido variadas y eficaces: incorporación de nuevas tecnologías capaces de acelerar los procesos de producción y de distribución, márketing más imaginativo, segmentación de las audiencias, etc. Una primera respuesta en el ámbito de la presentación de los contenidos -muy razonable y exitosa, por cierto- ha sido la redefinición del aspecto visual: introducir el color, mejorar las ilustraciones y aumentar su número, utilizar la infografía para dosificar la información y hacerla más inteligible, procurar que las publicaciones dispongan de más puntos de entrada para el lector... Para el lector. El lector, el público de los periódicos es público lector ¿Pueden competir los gráficos impresos con los gráficos de tres dimensiones en movimiento de la televisión? ¿Pueden competir nuestras fotografías en color con sus filmaciones? ¿Podemos competir con la sensación de movimiento, de dinamismo de la televisión? ¿Podemos competir con la capacidad de meter al público en la escena que tiene la televisión gracias no sólo a las imágenes, sino también al sonido? Podemos, pero siempre que no se nos olvide cuál es nuestro público y cuáles son nuestras principales armas. Nuestro público son los lectores, nuestra principal arma, la escritura. La tesis que mantendré a lo largo de los siguientes minutos es ésta: podemos competir con las imágenes, el sonido y el movimiento de la televisión si conseguimos que nuestra prosa logre transmitir vívidamente imágenes, movimiento y sonido articulados en una estructura significativa, que les dé sentido y profundidad: es decir, si damos a nuestros lectores historias. Historias que respondan a hechos y acontecimientos reales, capaces de estimular la imaginación del lector, capaces de evocar en sus mentes la realidad misma como si la pudieran aprehender con sus cinco sentidos. Quizá sea esta una lección que han aprendido muy bien los profesionales de la radio: ellos sólo disponen de uno de los cinco sentidos de su público: el oído, y saben que a través de él tienen que hacer llegar la realidad entera. Hablan como para ciegos. Nosotros sólo disponemos de la vista -de ahí la importancia de seguir cuidando el aspecto visual de las publicaciones-, por eso, nuestra escritura tiene que sonar, tiene que cantar, tiene que llorar, tiene que reír, tiene que sudar, tiene que dar calor y que dar frío, tiene que oler, tiene que bailar, tiene que correr, tiene que saltar, tiene que frenar, tiene que arrancar, tiene que transmitir vida. Quizá muchos de nosotros confundimos la prosa descolorida con la objetividad o la neutralidad tan ansiadas. Robert Phelps, siendo director del Boston Globe, comentaba: "Cubrimos bien los temas. Damos la sustancia, pero con frecuencia no alcanzamos a expresar el tono, el aire, el sentido del individuo o de la situación. Como consecuencia, mucho de lo que publicamos carece de sangre, porque no recogemos los hechos que reflejan la emoción o el sentimiento suficientemente o, si los recogemos, no los sabemos integrar en las historias". Lo mismo decía hace ya bastantes años la letra de una canción interpretada por el brasileño Chico Buarque y titulada “Noticia de Jornal”:

Notícia de Jornal (Luís Reis - Haroldo Barbosa)

Tentou contra a existência do humilde barracão
Joana de tal, por causa de um tal João
Depois de medicada, retirou-se pro seu lar
Aí a notícia carece de exatidão
O lar não mais existe, ninguém volta ao que acabou
Joana é mais uma mulata triste que errou
Errou na dose
Errou no amor
Joana errou de João
Ninguém notou
Ninguém morou
Na dor que era o seu mal
A dor da gente não sai no jornal (2) 

 

Un copy editor norteamericano narraba así una curiosa experiencia: "Estaba viendo la primera página de un periódico generalmente considerado como bien escrito: The New York Times. El aspecto de la página era gris: ¡malo!. Contenía media docena de historias o quizá más, todas ellas con pase a páginas interiores: ¡malo! Un par de fotografías en blanco y negro: ¡malo! Luego me pregunté qué aspecto tendría la página si subrayase con rotulador azul cada frase con valor literario: unas pocas manchas de azul en la mitad superior de la página, muchísimo azul debajo (...) Luego analicé la primera de un periódico moderno. Estaba repleta de color: ¡bien! Tenía cuatro historias y sólo una de ellas con pase a página interior: ¡bien! ¿Y el subrayado azul? Muy escaso". El experimento de David Hedley me parece significativo: a veces libramos batallas perdidas, porque no utilizamos nuestras mejores armas.

Lamentablemente, no puedo abordar aquí todos los elementos de una buena redacción periodística para la era de la televisión. Me limitaré a mencionar algunos puntos clave:

1. Hay que cambiar el modelo expositivo (modelo pirámide invertida) por el modelo narrativo. La exposición se construye sobre una estructura jerárquica: de lo más importante a lo menos importante. La narración, sobre una estructura cronológica. La exposición utiliza citas, la narración, diálogos. La exposición permite que los lectores abandonen la lectura en cualquier momento, la narración les invita a seguir mediante promesas de información interesante. La exposición utiliza el conflicto para valorar su importancia noticiosa, la narración lo utiliza como eje de la historia. La exposición es el tono propio de un informe sin valoración final: basta con la acumulación más o menos ordenada de hechos y datos. La narración, por su misma estructura, obliga a poner los datos en una trama, es decir, a situarlos en relaciones de causa-efecto y, como consecuencia, crea un significado final global. Y esto último es, precisamente, lo que quieren nuestros lectores. Muchas veces ya sabrán por la tv o por la radio el qué, el quién, el cuándo, el cómo y el dónde. Y a pesar de ello nos leen porque quieren saber el porqué.

Cambiar el modelo expositivo por el modelo narrativo es lo mismo que decir: dejemos de escribir sólo en clave de qué, quién, cuándo, dónde y cómo y pasemos a escribir, sobre todo, en clave de por qué.

2. Aprovechemos las ventajas de los nuevos formatos de diseño gráfico. Muchos periódicos han sido rediseñados: los hemos hecho más visuales, hemos añadido más fotografías, más color, más ilustraciones, más infografía, más blancos, más puntos de entrada, formatos más leves, y... la misma manera de escribir. Los parámetros del nuevo diseño ofrecen oportunidades redaccionales que, con mucha frecuencia, son desperdiciadas. Me referiré sólo a dos muy obvias: los nuevos diseños tienden a facilitar más puntos de entrada al lector y fomentan los formatos textuales breves.

El nuevo diseño facilita más puntos de entrada para el lector: es decir potencia nuestra capacidad de atraer al lector hacia el texto. Pero de nada servirá si esos puntos de entrada no se refuerzan textualmente, es decir, si los titulares no son claros o no incitan a la lectura o si están redactados al modo pretelevisivo: esto es, como si los lectores no supieran ya la noticia (En Estados Unidos están descubriendo ahora, por cierto, los titulares de frase completa); si los sumarios y los leads resultan pesados, farragosos, sobrecargados de información, largos; si los pies de foto son una especie de oveja negra de la familia del estilo. Según estudios recientes, un altísimo porcentaje de los lectores entra en la página no por el ángulo superior derecho o izquierdo, ni por el titular más amplio, sino por la fotografía o ilustración más destacada. Si esa fotografía carece de pie, hemos perdido una oportunidad de atraer al lector hacia el texto. Pero si el pie resulta obvio y, por lo tanto, innecesario; si repite la información que se da en el titular o en un ladillo, si no permite contextualizar claramente la imagen ni aclara los elementos que puedan desconcertar al lector; si está redactado de cualquier manera: también hemos desperdiciado otra oportunidad.

Digo esto porque muchas publicaciones parecen no ser conscientes de que en esos elementos se juegan casi toda su eficacia: se juegan el ser o no leídos. Es posible que una pieza que responde a una idea original y a una inquietud real de los lectores, una pieza bien documentada e investigada, una pieza redactada con gracia, amenidad y claridad, una pieza, en fin, concienzudamente trabajada deje de ser leída porque no se han sabido aprovechar las posibilidades de diseño y redaccionales para captar al lector e introducirle en el texto.

El nuevo diseño, decía, tiende a favorecer la levedad y los formatos textuales breves. Durante mucho tiempo pensaba que la profusión de textos breves era señal casi inequívoca de falta de profundidad, de periodismo superficial. No necesariamente. Los formatos breves se demuestran eficaces para captar al lector apresurado, que no dispone de tiempo para una lectura reposada. O para fomentar la lectura en quienes carecen de tal hábito. Un texto breve grita: ¡no tardarás más allá de cinco minutos en leerme y enterarte! El problema está en que escribir textos cortos con una estructura narrativa que aporte significado -que conteste al porqué- es más difícil que escribir textos largos con las mismas condiciones. La solución no radica en informar menos, sino en informar mejor. No se trata de investigar menos la materia en cuestión, se trata de discernir mejor su significado. Hoy no es difícil encontrar en periódicos rediseñados textos breves perfectamente ilegibles. ¿Cuál es la causa? Que el redactor intenta comprimir toda la información posible en un espacio reducido: su texto se convierte así en un apelmazamiento continuo de datos, cifras y nombres. Pero la clave para escribir buenas historias breves no reside en la compresión, sino, como apunta Don Fry, en la selección. Un buen periodista, según algunos, utiliza tan sólo el 10% de la información que haya recogido. Un mal redactor, sin embargo, se caracteriza porque intenta meter en el texto todo o porque lo rellena con reiteraciones y palabras innecesarias, ya que no dispone de información suficiente para completar el espacio asignado.

Me detendré ahora un poco más en otro punto clave para conseguir que nuestros textos compitan eficazmente con los medios electrónicos. Se trata de una condición de estilo que no es que sea importante, es simplemente, lo único importante: todo lo demás se subordina a ella. Esa diosa del periodismo escrito es la claridad.

Todos sabemos muy bien que el lector de periódicos no está dispuesto a estudiar nuestros textos: simplemente quiere leerlos. Y además, nos dedica poco tiempo, y lee, con frecuencia, en el metro, en un bar, en el hueco libre entre una actividad y otra, con la televisión encendida u oyendo la radio. Esto significa que no sólo tenemos que luchar por captar su atención, sino también por retenerla. Cuando un lector no entiende algo o pierde el sentido de una frase, simplemente abandona el texto. No se para y relee -salvo que su interés en el asunto sea muy grande-, el lector no estudia, insisto, simplemente lee. De ahí la importancia de que nuestros textos sean claros, rápidos: el lector debe deslizarse sobre ellos sin encontrar obstáculos de ninguna clase.

¿Cuáles son las claves de la claridad? Muchas, pero básicamente pueden reducirse a dos grandes grupos que llamaré pretextuales y textuales: es decir, aquellas que operan antes de producir el texto y las que intervienen en el mismo proceso de redacción. Veámoslas:

En primer lugar, la claridad del texto dependerá de la claridad de ideas del redactor. Si el periodista ha investigado a fondo la noticia, la ha documentado y sabe, por tanto, de qué habla, las posibilidades de que su texto resulte claro aumentan proporcionalmente. A mayor conocimiento, mayor claridad, porque podrá responder a las siguientes preguntas: ¿Cuál es la idea principal? ¿Qué es lo que quiero decir? ¿Si los lectores sólo pudieran conocer una parte pequeña de esta historia, cuál sería? Pero no basta, porque ese conocimiento profundo puede volverse contra él si no lo ordena. Para ordenarlo, debe tener en cuenta al lector: ¿Cómo afecta esta noticia a mis lectores? ¿A quienes puede interesarle esta historia? ¿Por qué? ¿Cómo debo contarla para que esos lectores la entiendan bien y fácilmente? ¿Qué elementos interesan más que otros?

Evidentemente, a la hora de responder a estas preguntas, no deben ser considerados como público ni los editores -ni en general, los colegas de la propia publicación o de otras- ni las fuentes. Precisamente, los errores más comunes se producen por pensar en el redactor-jefe, en el jefe de sección o en las fuentes que hemos entrevistado. El resultado es un texto escrito en términos de jerga o al menos sólo accesible a iniciados, en el que se dan por supuestos muchos conocimientos que el lector común interesado en la materia no posee.

Pero quería fijarme especialmente en las claves textuales de la claridad.

1. Dosificar la información: el lector medio tiene -como todos nosotros- una capacidad limitada de asimilación de conocimientos. No se le pueden presentar todos juntos, en un bloque compacto y pesado como una bola de acero. Conviene partir de la información conocida -o compartida- y, paulatinamente, con un orden que facilite la comprensión de cada elemento nuevo, ir añadiendo dosis de información digeribles. Esto resulta especialmente importante a la hora de redactar los leads, sobre todo si se sigue la vieja costumbre de intentar responder en la primera frase a las cinco w's.

En el caso del formato pirámide invertida, ¿no será preferible comenzar con el elemento más importante y luego ir añadiendo los demás poco a poco, sin intentar una amalgama indescifrable de datos compilados en una sola frase? Todo esto se puede resumir en una recomendación: introducir uno a uno los conceptos complicados o los personajes desconocidos para el lector. Esta primera clave de la claridad textual tiene un correlato estilístico:

2. Frases breves y sencillas. Los estudios de psicología cognitiva han demostrado que un lector medio sólo puede retener en la memoria un máximo de palabras que oscila entre las veinticinco y las cuarenta. Ésta cantidad varía ligeramente de un idioma a otro. Cualquier frase que sobrepase esa medida, por tanto, atenta contra la claridad, salvo que se trate de una enumeración o de una frase con tramos autónomos de sentido inferiores a 25 palabras y perfectamente conectados entre sí. Si a este dato se une lo ya señalado acerca de la necesidad de dosificar la información, es posible indicar ya una vía segura para alcanzar la claridad: escribir frases breves y que cada una de ellas contenga una sola idea. Es decir, conviene evitar la proliferación de incisos y subordinadas que sólo consiguen desorientar al lector o crear, a veces, significados equívocos. La variedad estilística y la propia tersura de la prosa exigen, sin embargo, una adecuada combinación de frases cortas y largas, medianas y muy cortas. Pero siempre siguiendo esa directriz fundamental: una idea por frase.

3. Tampoco conviene alargar los párrafos: en las ocho o nueve líneas se sitúa una barrera, no de claridad, sino de amenidad. Un texto compuesto con párrafos muy largos ofrece a la vista un panorama demasiado árido, demasiado compacto, demasiado oscuro. Es ésta más bien una precaución psicológica que nos crea complicaciones: la multiplicación de párrafos cortos obliga a

4. Cuidar con esmero las transiciones de uno a otro. En otro caso, se perdería la unidad del texto, pieza básica de la claridad.

5. La unidad del texto sirve a su sentido global y a su claridad. Se apoya en dos pilares: la coherencia temática -es decir, en la idea central que se desarrolla- y en la cohesión. Esta última hace referencia a la unión de las diversas partes del texto entre sí y se manifiesta, además de en las transiciones, en cuatro opciones que no son sólo estilísticas:

Elección de voz: es decir, desde qué persona se piensa narrar la historia: primera del singular, primera del plural, tercera persona, impersonal.

Elección del tiempo verbal: desde qué tiempo verbal se pretende hablar: presente, pasado, futuro.

Elección del tono del texto: formal, informal, confidencial, irónico, distante, comprometido, etc.

Y la ya mencionada elección de tema. No sólo en general, sino en particular: desde qué punto de vista abordaré el tema de la historia.

Una vez definidas estas cuatro opciones, hay que permanecer en ellas a lo largo de todo el texto. En caso contrario -un cambio imprevisto de la primera persona del singular a la primera del plural, un tono repentinamente familiar en un texto inicialmente formal, un cambio al presente histórico desde la narración en pasado-, el lector se despista, quizá incluso sin advertir qué es lo que falla en nuestro relato.

6. Escribir con autoridad. Con demasiada frecuencia las faltas de claridad se derivan de la necesidad de incluir modificadores que expresan duda, posibilidad; en una palabra: falta de certeza, de seguridad y de autoridad sobre la materia. No se trata, como es obvio, de suplir con falsa autoridad lo que en sí constituye una deficiencia de la labor de investigación o de documentación. Tal proceder sería aún peor, desde un punto de vista estrictamente ético. De lo que se trata es de sustituir los modificadores de posibilidad o de duda por información. Así, frases como "En la que algunos expertos piensan que es la primera investigación de esta clase...", aparecen en todas las publicaciones en cualquier idioma. Es posible que convertirla en "Por primera vez se investiga..." nos cueste horas de trabajo, pero es la única solución y salta a la vista cuál de los dos construcciones es más clara y legible.

"Aunque varios sectores críticos del PSOE lo desmienten, se convocará en enero un congreso extraordinario". Se trata esta vez de un largo modificador que intenta suavizar la frase principal. Casi siempre se introducen esos modificadores extensos cuando el redactor no está seguro de la validez de la oración principal e intenta cubrirse. El resultado es siempre una estructura tímida. Si la información es definitiva, basta con introducir la oración principal: la subordinada irá después y sólo si verdaderamente añade información: "El PSOE convocará en enero un congreso extraordinario, aunque algunos sectores críticos lo desmienten".

7. Preferencia del estilo verbal sobre el nominal. El término más importante de la oración es el verbo: el motor de la frase, el que porta el significado más importante -de ahí que en la cultura latina y griega la voz 'verbo' -verbum, rhema- sirviera tanto para designar una parte de la oración como la palabra, en general. La construcción verbal en voz activa da alas al texto, lo agiliza, facilita la rapidez de lectura. Por el contrario, la construcción nominal y la voz pasiva retardan la lectura y la dificultan. Esto ocurre en muchos idiomas, pero de manera muy marcada en el español, no sé si puede decirse lo mismo del portugués. Me parece que sí. Desde luego, hay que usar la pasiva cuando convenga más a la claridad: si existe es porque sirve. Pero la voz activa es siempre preferible en caso de duda. Muchas construcciones pasivas se utilizan porque el redactor no se ha informado suficientemente o es tímido.

8. Verbos vigorosos. Se puede construir un texto muy extenso utilizando sólo los verbos ser, estar, tener y haber, pero el resultado carecerá de vigor, de fuerza, de atractivo y de precisión. Hay que buscar verbos precisos, fuertes, con capacidad para transmitir rápida y certeramente los significados que queremos transmitir. Es obvio que no deben utilizarse verbos de acción, sin embargo, cuando se intenta describir un estado de cosas más bien estático, tranquilo o apacible.

9. Concreción: las palabras abstractas y los nombres colectivos constituyen, con frecuencia, una fuente de confusión e incluso de perplejidad. Las palabras abstractas, los nombres colectivos, el plural tienden a configurar discursos conceptuales, ajenos a la técnica narrativa, descarnados y áridos. Para acercar los grandes temas al lector, conviene encarnarlos, materializarlos, que pueda palparlos en personas concretas y en detalles significativos también concretos.

Braña asegura que el PP
no ha dicho si apoya la filosofía
financiera del soterramiento

El gobernador civil, César Braña, afirmó ayer que el PP no se ha posicionado sobre si está de acuerdo con la filosofía de financiación para llevar a cabo el soterramiento, consistente en revalorizar terrenos para costear la obra.

El título resulta abstracto y abstruso: demasiado difícil. Se complica aún más por el uso de la negación y la utilización indebida de 'filosofía' en lugar de 'plan', 'planteamiento' o 'fórmula'. La 'filosofía' poco o nada tiene que ver con financiaciones y soterramientos.

Sobre el lead: 'llevar a cabo' es lo mismo que efectuar o realizar, sólo que dicho en tres palabras en lugar de en una. Ya se supone que fue ayer. El verbo 'posicionarse' acaba de ser admitido por la Real Academia, pero no por eso resulta más claro o menos farragoso. Por último, la subordinada final parece que se refiere -al menos inicialmente- a "soterramiento" y no a 'la filosofía de la financiación'.

Ocurre algo parecido con los números: pueden actuar como palabras abstractas o como palabras concretas. Una cifra demasiado exacta, por ejemplo, puede significar menos que una menos precisa pero más gráfica. Comparen estas cuatro frases:

¿Cuál es la más concreta? ¿Cuál la más clara?

La concreción es un modo de asegurar el viejo y acertado principio del periodismo anglosajón: Show, don't tell.

10. Léxico sencillo y preciso: Decía James Michener, el conocido escritor norteamericano, que "la buena redacción consiste, para la mayoría de nosotros, en usar palabras ordinarias para obtener resultados extraordinarios". Es un error de principiantes creer que la prosa de calidad se fabrica con palabras y estructuras inusuales. Nada más lejos de la verdad. Todos los grandes escritores reconocen que, en su época de juventud, se esforzaban por quitar palabras, por aligerar y que, a pesar de eso, sus obras juveniles resultaron demasiado recargadas. La mejor prosa es la que consigue transmitir del modo más rápido y directo posible el mensaje que se quiere enviar al lector.

Esto resulta especialmente difícil en nuestra profesión: el riesgo de contaminación lingüística es constante. Por eso, debemos

11. Traducir las jergas. Afrontamos diariamente el riesgo de adquirir y reproducir el lenguaje de las fuentes técnicas o especializadas, el lenguaje de los portavoces, el lenguaje de los burócratas, el lenguaje de los deportistas, el lenguaje de... los periodistas.

12. Evitar la ambigüedad, tanto en la elección de las demás palabras como en la organización sintáctica de la frase. Conviene preguntarse con frecuencia si existe un verbo más adecuado para expresar esa acción o un sustantivo más preciso que ahorre adjetivación innecesaria. Pero sobre todo, conviene releer con ojos de lector, para asegurarnos de que lo que hemos escrito no se puede entender de otra manera. Por ejemplo, el posesivo 'su' engendra inusitados equívocos si no se utiliza con cuidado. Este es el lead de una noticia de primera página publicada en un diario español:

La juez de instrucción del Juzgado número 1 ha ordenado el ingreso en prisión del presunto autor de la muerte de su tía.

Da la impresión de que se refiere a la tía de la jueza, pero no, se trata de la tía del asesino. Otros dos casos, esta vez en titulares, y de diarios de prestigio nacional:

Madrid: apuñala a una joven gitana, embarazada

De cinco meses, cuando entró a robar a su casa

Una mujer gitana, de 24 años y embarazada de cinco meses, resultó herida la pasada madrugada en Madrid al ser apuñalada por un individuo que se introdujo en su domicilio.

No son menos terribles los errores en la forma verbal

El Supremo absuelve a un violador
porque se le resistió poco

Leída la noticia, parece ser que quién no se resistió fue la víctima. Aunque no se trate de un problema de elección léxica, sí parece oportuno señalar que muchas de las ambigüedades o equivocidades que se pueden encontrar en los textos derivan de un uso incorrecto de la sintaxis o de la puntuación. Este, referido al padre del Rey de España, fue un titular particularmente célebre en Pamplona:

Don Juan, agoniza

Como es lógico, el diario no pretendía ordenar a D. Juan que se muriese, y mucho menos tuteándole: simplemente, alguien puso una coma de más.

13. Evitar lo superfluo y lo redundante. A veces resulta extremadamente costoso remover del texto una cita graciosa, una frase que nos ha salido bordada, un dato o una serie de ellos que nos ha costado mucho trabajo, paciencia e ingenio conseguir, pero que nada tienen que ver -ni la cita, ni la frase ni los datos- con el asunto principal de la historia que queremos contar. Sin embargo, aunque cueste, hay que sacrificarlos. Otra actitud conduciría a la pérdida de la unidad temática mencionada más arriba y, como consecuencia, a la pérdida del lector. De nada sirve que un elemento sea muy brillante si no favorece al conjunto e incluso lo perjudica. En otras ocasiones, la prosa se resiente por exceso de palabras, por una verborrea -verbosidad en castellano culto- excesiva.

La concisión no es fácil de adquirir y su contrario se advierte con dificultad. De ahí que se multipliquen los ejemplos de prosa periodística que atenta contra la concisión. En parte por algunas de las razones señaladas ya -falta de autoridad, timidez, falta de información suficiente y necesidad de rellenar-, pero también ocurre por falta de dominio de los recursos léxicos y gramaticales.

Cabe decir otro tanto de ciertos circunloquios que se pueden suplir ventajosamente con un verbo preciso.

Dos ejemplos de diarios:

Los presos de la cárcel, en un comunicado que se ha dado a conocer [evidentemente, si es un comunicado...] expresan su solidaridad con las familias...

"…celebra hoy sus bodas de oro, el cincuenta aniversario de su fundación, hecho que ocurrió el 14 de febrero de 1943".

Hasta tres veces lo dicen.

14. Evitar los clichés, las fórmulas manidas y la adjetivación incolora. Los clichés no son sólo verbales: son clichés de pensamiento y, con frecuencia, prejuicios. En otras ocasiones, producen efectos grotescos:

Un grupo de mujeres se encerraron en el
Ayuntamiento para pedir igualdad de derechos

El lid decía: "Más de una decena de mujeres protagonizaron ayer..."

Concordancias aparte, ¿qué significa más de una decena? ¿Once? No es lo mismo decir más de un centenar o más de un millar que más de una decena: esto es ridículo, porque esta fórmula se usa cuando resulta difícil evaluar exactamente una cantidad. No parece que fuera el caso.

Por adjetivación incolora suele entenderse el emparejamiento habitual de ciertos adjetivos con ciertos sustantivos: fiel reflejo, claro exponente, blanca nieve, parte integrante, mansos corderos, estrecha colaboración, auténtica catástrofe, plena confianza, claridad meridiana, deseo ferviente, palpitante actualidad, cumplida cuenta, alegre primavera, aparte del uso de adjetivos que ya nada significan: estupendo, maravilloso, precioso, divino, bonito, fabuloso, etc.

15. Uso adecuado de las citas. Las citas tienen un alto valor retórico en periodismo, pero no se debe abusar de ellas. De ordinario, compensa parafrasear antes que citar demasiado, incluso en el relato de un acto de habla. Deben utilizarse sólo citas significativas, por lo que se dice o por cómo se dice.

Hay que procurar, además, que sean breves: de este modo, al ganar en concisión ganan en incisividad, porque resalta aún más lo verdaderamente valioso de la cita, lo sorprendente, lo nuevo, lo extraño, despojado de todo otro elemento que lo atenúe. Este recurso, sin embargo, no puede traicionar el sentido de la expresión original.

Por resumirlo todo en una sentencia rápida, las citas deben ser pocas, breves y relevantes.

Con frecuencia se producen otros problemas a la hora de citar. Uno de ellos, especialmente grave: el modo en que se engarzan las citas en el texto.

El entrenador del equipo de baloncesto ve con optimismo esta nueva fase, y considera que "nos puede venir mejor que la anterior. Estoy intentando que la gente se calme. Hemos hecho una buena primera fase..."

La cita no engarza con la "voz" -tercera persona- que se estaba utilizando en el texto. Debería decir: " (...) ve con optimismo esta nueva fase y considera que puede serles más propicia que la anterior: "Estoy intentando..."

Si la historia lo admite, introducir diálogos en lugar de citas facilita aún más la lectura.

16. Escribir en positivo. La negación, de ordinario, complica la frase. Pero es que, además, en periodismo raramente es noticia lo que no sucedió. Algunos ejemplos, como siempre reales, para terminar sonriendo:

El PP niega que
quiera que no
apruebe una
investigación
de los GAL

Dos conductores
resultaron heridos
Intentaron no
atropellar a una
vaca, aunque el
conductor de una
furgoneta no
lo consiguió

 


(1). Una versión bastante modificada de esta conferencia fue publicada, bajo el título “¿Para quién escribimos?” en Estudios de Periodística IV, pp. 27-46, Pontevedra 1996.

(2). Debo esta cita a mi amigo Toni Piqué, que me comunicó inmediatamente el hallazgo de la canción. Una traducción casi literal –y por tanto, sin la gracia del texto portugués- para quien la necesite:

Noticia de periódico
Intentó suicidarse en un humilde barracón
Juana de tal, por causa de un tal Juan
Después de medicada, regresó a su hogar
En esto la noticia carece de exactitud
El hogar ya no existe, nadie vuelve a lo que terminó
Juana es otra mulata triste que erró
Erró en la dosis
Erró en el amor
Juana erró con Juan
Nadie se dio cuenta
Nadie vivió
En el dolor que era su mal
El dolor de la gente no sale en el periódico.