El Método ante el Problema de Dios

(conferencia en Madrid, 1999. Edición: Luiz Jean Lauand)

 

Julián Marías

 

            Un punto de partida capital: el problema de Dios no es primariamente un problema filosófico. El concepto de Dios es un concepto religioso, con lo cual tendrá que hacer la filosofía algo, naturalmente, quizá muchas cosas; pero originariamente no, no es un concepto ni un tema filosófico. Por tanto, si quieren ustedes, se aloja en esa forma de pensamiento que llamo prefilosofía.

            La prefilosofía no es filosofía; la prefilosofía es justamente cierto tipo de realidades que surgen, con las cuáles la filosofía se encuentra, que serán filosóficas esas cuestiones si son planteadas, elaboradas, tratadas por la filosofía; es decir, si se hace filosofía con ellas; pero si no, no lo es todavía.

            La mayor parte de las cuestiones filosóficas son cuestiones suscitadas por la realidad: ustedes piensen en la entidad de la naturaleza: ¿qué es la naturaleza? ¿qué se debe entender por naturaleza, qué quiere decir, por ejemplo, el concepto de physis, en griego?... Es algo que está ahí, una realidad que hay que entender, que hay que interpretar. Incluso realidades de otro tipo: por ejemplo, el conocimiento; el conocimiento es una realidad de la cual se plantea la filosofía si es verdadera o no, si es verdadero conocimiento o no. Piensen en la cuestión escéptica, que dice: no hay verdad, la verdad es inaccesible etc. Es una posición posible filosóficamente y parte de una realidad, que es el conocimiento, del cual se puede decir que no es válido, que no es verdadero conocimiento etc. Y lo mismo ocurre incluso con el problema de la realidad del mundo exterior: hubo posiciones idealistas extremadas o incluso solipsistas -de cierto modo en Berkeley- y les parece que ese mundo exterior no es tal, no tiene una realidad verdadera... pero ahí está, es eso de lo que hablamos: le negamos una realidad adecuada, verdadera, profunda o suficiente...

            En el caso de Dios no pasa eso. En el caso de Dios no es que haya una realidad de la cual vayamos investigar o incluso a negarla: ¡no existe! Por lo pronto, cuando decimos "Dios", esto es una idea, una idea y una realidad que precisamente no está ahí, no está delante, no es patente... Es decir, se encuentra la idea religiosa de Dios, es un concepto religioso. Que se refiere a una realidad que no aparece, que no está ahí, que no encontramos y en esa medida no es controlable. Y que por tanto lo que tiene de cuestionable es su propia existencia: de que tenga realidad o no; es una idea.

            Por eso evidentemente si la filosofía tropieza con ese problema, con ese concepto, lo encuentra como algo ajeno a su contenido propiamente dicho. Y es -precisamente eso es lo paradójico- una cuestión inevitable. Inevitable porque como no pertenece a su contenido -propiamente hablando- aparece la noción de Dios, si se produce la noción de Dios, esto obliga la filosofía a plantearse esa cuestión. En definitiva, diríamos que la necesidad del problema viene de fuera, en definitiva hay un hecho -el hecho Dios que precisamente no aparece como hecho y absolutamente no le encuentro-, que es el hecho de la idea de Dios.

            Pero la idea de Dios, hablar de Dios, significa una interpretación de la realidad. La realidad tiene un sentido u otro -absolutamente distinto- si se cuenta con Dios o no, si hay Dios o no. Con lo cual, resulta lo siguiente: cuando se admite "Dios" se ha tomado posición, se ha tomado posición ya sobre la interpretación de la realidad, sobre el sentido de la realidad no ya sobre cuál sea ese sentido sino si tiene sentido o no.

            Vean ustedes por tanto la calidad de esa cuestión: en principio extrínseca a la filosofía, no interna, pero que obliga a la filosofía a planteár-sela: porque se encuentra que tan pronto como aparece ese nombre -naturalmente, con un contenido y no un mero nombre- se pone en cuestión la visión de la realidad, de toda la realidad. Entonces el problema es si a ese nombre corresponde algo y por tanto si la realidad total, la realidad en su conjunto -esa precisamente que está más o menos patente y con la cual tenemos que habernos-, si esa realidad tiene sentido o cuál es ese sentido.

            Entonces, a mi juicio, esa es la manera propiamente filosófica de plantear el problema de Dios: es decir, reconociendo que no pertenece a la filosofía per se, directamente, sino a la prefilosofía, que atinge a la filosofía procedente de una actitud distinta que es la religión. Y la religión no tiene porque ser filosófica: el hombre es religioso probablemente en toda su historia, el hombre cuenta con Dios -de una manera o de otra- sin que se le ocurra hacer filosofía -no olvidemos también que la filosofía existe de una manera discontinua: no se ha hecho filosofía más que en algunos lugares del mundo, en ciertas épocas, en discontinuidad.

            Con eso se plantea la cuestión de cuál puede ser el método adecuado para analizar filosóficamente el problema: aquí se trata de filosofía, no de teología ni de religión: la religión es justamente lo que introduce el problema, lo que plantea la necesidad de ver si esa realidad existe y por tanto la realidad está afectada por el hecho de que haya justamente Dios. Y el rasgo capital, lo que me parece que es el nervio de la cuestión, es justamente lo que atinge a la esencia misma de la filosofía: la filosofía parte de la inteligibilidad de lo real. Lo real es inteligible y por tanto podemos preguntar por ello e intentar comprenderlo. Ah, esto es también prefilosofía, esto es también anterior a la filosofía, es una creencia, no es el resultado de un conocimiento filosófico. El filósofo parte de algo que no es filosofía: la creencia en que la realidad es inteligible y que por tanto se puede preguntar por ella, se la puede indagar, se la puede intentar comprender. Ustedes imaginen una forma de vida humana -no digamos de formas de vida que no son humanas- que no parta de esa creencia -subrayo lo de creencia- previa en que la realidad es inteligible (por lo menos en principio: tal vez no toda, tal vez no enteramente, tal vez no exhaustivamente, pero es inteligible...).

            Pues bien, justamente esa creencia, creencia que hace posible la filosofía -en general, la ciencia es conocimiento, incluso de la razón teórica; todo eso parte de la creencia prefilosófica, insisto, en la inteligibilidad de lo real- tiene una conexión estrecha precisamente con lo que introduce esa idea de Dios, de origen religioso, que puede no tener consecuencias filosóficas, pero si la filosofía tropieza con esa idea, si el nombre "Dios" es pronunciado en un contexto filosófico, obliga la filosofía a plantearse esa cuestión y entonces nace un problema filosófico: el problema filosófico de Dios, que no es un problema religioso ni teológico, sino un problema estrictamente filosófico.

            Es evidente que la idea de inteligibilidad -nunca se insistirá bastante en ello- depende de que la realidad sea inteligida, sea entendida. Es evidente que si la realidad es entendida, es entendida por alguien: se la puede entender, se la puede seguir entendiendo, se puede completar la intelección, se puede llegar incluso, asintóticamente, a una intelección perfecta -difícil, improbable, pero, en principio, posible. Ahora, ¿y si esto no ocurre? ¿Qué nos autoriza precisamente a confiar en la inteligibilidad? Quiero decir, que algo sea inteligible quiere decir que tiene sentido y ese sentido se puede descubrir y corresponde precisamente a algo que es comprensible, a un esquema de estructura, a un sistema de relaciones, a unas conexiones que se pueden investigar, se pueden descubrir, tal vez de una manera que, desde el punto de vista humano, será siempre parcial, es imperfecta, pero ahí está la posibilidad de intelección.

            Hay niveles de inteligibilidad. Hay una idea que a mí siempre me perturba siempre mucho: entender la vida animal. Es evidente que la Biología y la Zoología han progresado de modo inmenso, sí, pero yo creo que todavía falta mucho es ver lo qué es la vida animal, que a mí me resulta sumamente inquietante. Evidentemente la inmensa riqueza, fabulosa del mundo animal: cientos de miles de especies conocidas, clasificadas, entendidas -¡entendidas por los zoólogos! no olviden esto; hay algo como 300.000 especies de coleópteros y no digamos si tomamos el conjunto del reino animal... Entonces nos encontramos con que hay un nivel de inteligibilidad: si tomamos los animales superiores -un perro, un gato, un tigre, un caballo- nos cuesta enorme trabajo representarnos que puede significar el verbo vivir ante cada uno de esos animales superiores. Evidentemente, en muchos hay inteligencia, bastante inteligencia: entienden muchas cosas, participan de la inteligibilidad; probablemente lo que les falta -radicalmente- es la idea de inteligibilidad. Es decir, el animal, incluso el animal superior no se plantea problemas, no se hace preguntas; resuelve situaciones, se orienta de muchas maneras -en general bien, con una inquietante perfección- mediante un sistema instintivo -y no pensemos que el sistema instintivo es un puro mecanismo, no lo es tampoco-, el animal tiene instintos pero tiene un sistema perceptivo -por veces agudísimo- el animal ve la realidad, oye, huele la realidad, distingue de realidades, distingue de alimentos para su especie: a mí siempre desde niño me ha asombrado ese animal extraño el gusano de seda, que en toda la creación lo único que come es hoja de amorera - ¡Dios mío, que cosa tan selectiva!

            Es evidente que el animal tiene un sistema perceptivo muy agudo; él ve la presa y la persigue y la consigue matar y comérsela. Hay un elemento, diríamos, de inteligencia (no de problemas, de situaciones), que actúa normalmente con gran acierto, pero no se pregunta, el mundo no le aparece al animal como inteligible: él entiende sin necesidad de verlo como inteligible. El hombre es otra cosa, el hombre siempre hace preguntas. Lo característico del hombre no es si encuentra resueltas o no: es hacer preguntas. Justamente la realidad para él es problemática; el problema es algo con lo cual yo me encuentro y diría necesito. Naturalmente hay muchas cosas que no necesito saberlas: si yo pregunto a ustedes: ¿cuántos pelos tienen en la cabeza? No tenemos ni idea ni nos importa para nada, no es un problema. Ahora supongan ustedes que nos dijeran: si ustedes tienen un número par de pelos, no pasa nada; si tienen ustedes un número impar les cortamos la cabeza. Aquello aparecería como un problema y ¡qué problema! Y nos interesaría enormemente algo que no nos importa absolutamente nada: que es saber cuántos pelos tenemos en la cabeza.

            Esta es la diferencia, esta es la cuestión: un problema es algo que no conocemos pero necesitamos conocer, necesitamos saber a que atenernos. Lo cual nos lleva a una consideración de que ya hablábamos el otro día: el hombre actual tiene una propensión a encogerse de hombros, como cuando le preguntan qué va pasar con él después de la muerte... ¿Y de qué le sirve todo lo que sabe o puede saber si no sabe a que atenerse sobre lo más importante de todo? Porque sabe que morirá, pero no sabe qué es morir y qué pasa después. ¿De qué le sirve todo lo que sabe, de que le sirve todo lo qué se afana por conocer? Evidentemente es una incoherencia, es vivir una realidad inteligible, cuyo carácter es de inteligibilidad y por tanto hay la posibilidad de hacerse preguntas sobre ella, pero él cesa de hacer preguntas, considera que eso -que es lo más importante-, no es problema, y en definitiva reingresa en lo que supone que son sus antepasados en la vida animal (lo cual me parece que es cada vez menos probable, cada vez menos verosímil).

            Con eso hemos establecido un cierto paralelismo, porque evidentemente si "Dios" quiere decir algo, quiere decir que la realidad es inteligible, que ese mundo ha sido -digamos la palabra impropiamente- "pensado" por Dios, entendido por Dios, creado por Dios. En las religiones creativistas, creado según un plan, un proyecto, una función, un sistema de conexiones que permite que el hombre -poco a poco, con deficiencias...- entienda: es decir la clave de inteligibilidad.

            Ahora, si no hay esa inteligibilidad, ¿qué pasa? En general el pensamiento de los últimos siglos ha renunciado a esto. Ha renunciado a esto sin darse cuenta de que arrastra consigo el sentido de su ocupación, de su vocación. Se cuenta -saben ustedes- que Napoleón le preguntó a Laplace si había tenido en cuenta a Dios y él contestó: "es una hipótesis de que no he necesitado". No la había necesitado para lo que él hacía, un estudio específico, astronómico, evidentemente no; para entender la realidad, sí, ¡sí que tenía que plantearse el problema! Hay que poner en cuestión la posibilidad de intelección de lo real, de todo lo real, de cualquier realidad, hasta de la más elementales, las materiales, físicas... Porque si no aparece otra cuestión -la hemos mencionado el otro día- es la fórmula leibniziana que renueva Unamuno y luego finalmente Heidegger: "¿por qué hay algo y no más bien nada?". Heidegger dice ente -Seiendes-. ¿Por qué hay algo? ¿Por qué hay realidad? A mí me sorprende siempre, enormemente, todos los días: ¿Por qué hay algo? ¿Por qué hay problemas por que hay mundo? ¿por qué hay gentes, por qué hay personas? Qué raro, ¿no? ¡Qué raro! ¡Porque podría no haber nada! Y se da por supuesto que hay una realidad que está aquí, compleja, variadísima, pero ¿por qué?

            Es evidente que la noción Dios es un tipo de realidad suprema, plena; en el cristianismo y en el judaísmo, creadora, autora de toda la realidad. Y entonces sí, ya dentro de eso nos encontraremos con la cuestión que hemos planteado, la cuestión interna, la cuestión regional: qué pasa con esa realidad que existe, en la cual estoy y por la cual me pregunto.

            Y hay algo muy importante: es que cuando la filosofía se encuentra con la idea de Dios se encuentra con que ya antes ha tomado posición; ya ve la realidad de la perspectiva de que hay Dios -con lo de la inteligibilidad- o no. Y, claro, el problema está en que si no se toma precisamente la idea de Dios como la realidad definitiva y por tanto explica la inteligibilidad, que es el punto de partida: ¿qué sentido tiene que yo me pregunte por la realidad, si la realidad no tiene sentido? Si nadie le ha dado sentido y nadie le va a conocer el sentido...

            Eso me parece absolutamente capital. Pero en la larguísima tradición filosófica -aparece evidentemente Dios en las filosofías, en las más antiguas, en todas (o casi todas)-, no aparece justamente este problema: se da por supuesto que una de las regiones de la filosofía es precisamente la realidad que es Dios; la existencia -si Dios existe: un problema que se ha planteado muchas veces y de muy diversas maneras- la existencia y lo que se llama la esencia de Dios: si existe y ¿qué es? Pero en definitiva se da por supuesto lo que está en la cuestión y para mí la cuestión consiste en que sea algo extraño a la filosofía, ajeno a ella, prefilosófico.       Y esto lo que justamente obliga a plantearse la cuestión, a menos que uno no quiera plantearse la cuestión. Eludir la cuestión. El ateísmo niega la existencia de Dios, pero hay una posición que en definitiva es más radical todavía: que es el no plantearse la cuestión, no querer planteársela. Por ejemplo, esa ha sido la posición del empirismo lógico por ejemplo en la época actual: la cuestión de Dios no tiene sentido, no tiene sentido hablar en ese caso de verdadero o falso porque no es empíricamente comprobable: bajo el supuesto de que nada tiene valor de conocimiento si no es empíricamente comprobable. Yo hago una pregunta muy molesta: esta tesis que acabo de formular ¿es empíricamente comprobable? No veo como...

            Estoy todavía lejos de plantear el problema de Dios, me estoy preguntando ¿qué sentido tiene, qué necesidad hay de plantearlo y qué es condición de qué?

            Pero yo creo que hay que dar un paso más. He hablado del hombre y de la vida humana y he distinguido lo que es la vida humana a diferencia de la vida animal (tan misteriosa, repito, insisto mucho en la misteriosidad). Lo humano, esa realidad familiar que somos nosotros, la vida humana con sus caracteres propios. Resulta lo siguiente: lo humano, lo que el hombre es y lo que el hombre hace, sus creaciones son algo de irreductible al resto de la realidad.

            El problema está en que el hombre no se parece -sí se parece con todo lo real, evidentemente, en la composición físico-química, en la fisiología etc. se parece con los animales y con los vegetales y con las rocas- pero la realidad resultante que es el hombre, la vida humana como tal no se parece nada a nada: es algo totalmente distinto; entre otras razones -y no es la más importante- porque todas lo demás realidades son reales, menos nosotros, que somos reales e irreales. Que la persona humana sea real -por supuesto- pero tanto como real, irreal: imaginativa, proyectiva, futuriza... eso no le ocurre a ninguna otra realidad: la piedra, el vegetal, el mosquito, el perro, el caballo etc. son reales, consisten en realidad; pero nosotros no; nosotros somos tanto como reales irreales -proyectivos, imaginativos- y las obras del hombre son como otro mundo, que se añade al mundo real. Se añade, sobretodo porque es intrínsecamente inteligible. Hasta este vaso, que es el más elemental, es que está hecho para beber, consiste precisamente en la realización, en cristal, de un proyecto de vida humana que es beber: ni más ni menos. Es justamente su sentido, de un modo intrínseco, como condición de su propia realidad. Por esto, evidentemente, todo lo que el hombre ha hecho, es decir el mundo que el hombre elabora con la circunstancia, con lo que le rodea, con lo que encuentra, con lo, digamos, natural -tened en cuenta que el "natural" es una palabra muy artificial, es un concepto humano, aparecido en el siglo VII A.C., un concepto histórico, filosófico, relativamente reciente - el hombre y todo lo humano es como un mundo dentro del mundo. Acuerden ustedes del famoso libro de Max Scheler Die Stellung des Menschen im Kosmos "El puesto del hombre en el cosmos", sí, evidentemente el hombre es parte del cosmos, pero yo invertiría la cuestión: el puesto del cosmos en la vida humana. En realidad, la situación es inversa: yo encuentro el cosmos, encuentro el mundo, me pregunto por él; eso es lo que hace un físico, un astrónomo... En mi vida, en mi vida aparece el cosmos. Sin duda la cuestión está planteada de un modo rigurosamente inverso, literalmente inverso.

            Entonces esto significa que el mundo humano -el hombre y el mundo elaborado por él- el mundo en el cual vive primariamente el hombre justamente está definido por la inteligibilidad intrínseca y, por consiguiente, si se elimina esa inteligibilidad, si se elimina el sentido, no se entiende nada, absolutamente nada. Hay por tanto una contradicción, una contradicción vital en despojar al mundo y particularmente al mundo humano de la inteligibilidad.

            Como ven ustedes este es un planteamiento bastante distinto de los habituales. Es evidente que si aparece, si simplemente se dice, se enuncia el concepto "Dios" esto significa una revolución interna en el pensamiento filosófico. Y evidentemente el punto de partida, el método, el camino para plantearlo tiene que ser justamente esa porción de lo real que tiene sentido intrínsecamente: el hombre, la vida humana. El mundo sin más, el cosmos, no me pueden conducir directamente a un planteamiento de esa realidad no manifiesta, latente, cuya existencia es problemática que llamamos Dios. Hay que plantear el problema desde el hombre, desde la persona humana, que, la religión nos dirá que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, pero incluso desde el punto de vista estrictamente filosófico tiene que ser forzosamente lo más semejante porque es justamente aquello cuyo sentido es intrínseco; sin lo cual es absolutamente imposible entender. Pues la vida humana se nutre de la inteligibilidad: yo hago algo porque... tengo tal situación; porque pretendo ser alguien determinado; porque y para que por eso la inteligibilidad pertenece intrínsecamente a la vida humana. Yo no puedo vivir humanamente, simplemente no puedo vivir sin ejecutar las operaciones intelectuales que me permiten entender lo real.

            Yo no puedo vivir más que en un mundo inteligible, haciéndolo inteligible; el hombre se nutre -se nutre, ciertamente, de oxígeno, de nitrógeno, de los componentes del agua, de los alimentos etc. - pero antes de todo eso se nutre de inteligibilidad, a la última hora, de verdad, que es el alimento radical de la vida humana. De verdad no se nutren ni el tigre, ni la oveja, ni el mosquito; el hombre sí, el hombre no puede vivir más que buscando la verdad, buscando la inteligibilidad.

            Este pienso que puede ser el método adecuado para plantear el problema de Dios, que es un problema misterioso, porque Dios no aparece, porque no le encuentro en ninguna parte, porque hay un elemento de inseguridad, aunque se tengan los razonamientos más coherentes para afirmar la existencia de Dios o la fe religiosa más viva y más profunda, se encuentra con un elemento de inseguridad, de problemabilidad, de inteligencia exigida pero insegura: no sé si existe Dios, no sé como es Dios, lo que pasa es que necesito saberlo: esta es la cuestión. El hombre se define mucho más por sus necesidades que por sus posesiones. He dicho muchas veces -y he escrito un libro entero sobre ello- que la felicidad en este mundo es muy fácil demostrar que es imposible. Sí, lo que pasa es que es necesaria, que todo lo que hacemos es para intentar ser felices, por eso llamo a la felicidad "el imposible necesario". Pues bien, diríamos justamente que la inteligibilidad -que incluye precisamente el planteamiento del problema de Dios-, si queremos tener una vida humana, la vida propiamente humana y por tanto hecha de sentido, justamente eso no es fácil, no es seguro ni siquiera es probable; es algo más: ¡es necesario!

            Muchas gracias.