Creador y Creatura

(conferencia en Madrid, 1999. Edición: 
Renato José de Moraes)

 

Julián Marías

 

Hoy vamos a hablar de un concepto que tiene mucha importancia y ciertas dificultades: el concepto de creación. El concepto de creación, como saben ustedes, naturalmente está en la base del Antiguo Testamento, ya en el comienzo del Génesis: "En el principio creó Dios el cielo y la tierra". Es decir, es un concepto originariamente religioso; es capital en la tradición judía y, naturalmente, en la cristiana. Pero después ha tenido una importancia filosófica muy considerable, que es de lo que vamos hablar. Y significa un cambio radical respecto de la visión griega; es un concepto ajeno al pensamiento antiguo, no se encuentra en el pensamiento griego y es incluso curioso ver como cuando los griegos entran en contacto, entran en relación con el judaísmo o con el cristianismo -es por ejemplo el caso de Filón o de Amonio Sakkas o de Plotino, que directamente participa de la herencia judeo-cristiana- hay un cierto cambio en los conceptos griegos; no para adoptar la idea de creación, pero se acercan a ella por un cierto rodeo.

 

Ustedes saben que los griegos son los que han descubierto la idea del ser, por lo pronto el ente, es decir: ón. El primer descubrimiento de esto está en Parménides que emplea la forma eón, es decir, el participio de presente del verbo ser, del verbo einai. Luego sería ón, la forma tradicional es ón, pero originariamente se decía eón. Yo suelo decir -y es una idea introducida por mí hace mucho tiempo-, al estudiar la obra de Parménides, que en definitiva el sentido primario que tiene el concepto de ón, de ente es consistencia. Nosotros empleamos la palabra consistencia en el sentido de que tal cosa "consiste en". Es decir, las consistencias es aquello en que las cosas consisten. Diríamos que esto consiste en vidrio, por ejemplo, o que el agua consiste en un compuesto de oxígeno y de hidrógeno. Pero en definitiva el descubrimiento radical de Parménides es que las cosas consisten; no consisten en tal o cual cosa, sino consisten, tienen consistencia. Este es el gran descubrimiento. Comprenderán ustedes que es más importante, que es más radical consistir que las consistencias sean tales o cuales. Consistir, esto es lo que Parménides llamará ón.

 

Pero las cosas pueden ser o no ser. El no ser, diríamos, amenaza al ser: es una amenaza que se tiende sobre lo que es. Las cosas pueden ser o no ser. Pero claro, el no-ser griego quiere decir no ser eso, no ser esa consistencia. Y naturalmente la respuesta a ese problema, que es el problema radical del pensamiento griego es que las cosas son y no son, y por tanto no son plenamente, no son de verdad, porque cambian, varían. Si una cosa es fría, y después es caliente, o si es caliente y se enfría, o está viva y luego muere, o crece o mengua, eso es lo que se llama cambio, variación; en griego se emplea la palabra kinesis , movimiento, la palabra básica en sentido primario, es el movimiento: las cosas cambian, se mueven, están sometidas a la variación, que amenaza las cosas. Y este va ser el problema general del pensamiento griego, ya en los presocráticos, y luego llegará en formas más maduras en Platón y en Aristóteles.

 

Ahora bien, dentro del judaísmo -el judaísmo no en forma intelectual o filosófica, sino religiosamente; y en el cristianismo, por supuesto-, lo que amenaza al ser no es el cambio, no es el movimiento, sino: la nada. Y es que justamente la idea es que Dios creó el cielo y la tierra, es decir, la realidad es creada y por tanto lo que la amenaza, lo que podría sobrevenirle, sería la no-realidad; no el no ser tal cosa o tal otra, no el cambio, no la variación, sino justamente la nada.

 

El concepto de nada es un concepto sumamente interesante y es muy complejo. Yo creo que en definitiva es la conceptuación de la tiniebla. La tiniebla es precisamente el símbolo, diríamos, sensible de la nada. Y probablemente ahí está la sugestión de la génesis de ese extrañísimo concepto que es la nada.

 

Naturalmente, creación quiere decir producción, pero producción hecha por un creador; por un creador que no es que haga -piensen ustedes por ejemplo en las cosmogonías; las cosmogonías intentan explicar como se ha hecho el mundo, y hay un demiurgo, un demiurgo que es el que hace el mundo, lo confecciona, lo ordena, partiendo de algo que esta ahí, en la realidad, de una materia prima dirá Aristóteles en su momento. Pero el concepto de creación es otra cosa: Creación quiere decir que el creador pone en la existencia realidades distintas de él, y que no hay una materia prima o una realidad ya existente y que se confecciona, que se fabrica: no es fabricación ni es producción de la misma realidad, no es el ser de Dios el que se expande o se comunica. Y eso es precisamente el rodeo, diríamos, que el pensamiento griego da para pensar algo que sea un poco equivalente de la idea de creación. Por ejemplo, en Plotino el concepto de emanación, el Uno -como le llama él, que es lo que llamaríamos Dios en definitiva, aunque no es exactamente lo mismo-; el Uno hace que por emanación de su realidad se produzcan las cosas en diferentes grados. Hay muchos símbolos en el método de Plotino, por ejemplo la luz, un poco de luz que se va poco a poco debilitando hasta que al final se extingue en la oscuridad. La materia sería el último grado, el grado inferior de la emanación. Ustedes saben que Plotino nunca dejó que le hicieran un retrato porque pensaba que ya la realidad corpórea era un reflejo, una imagen y por tanto hacer una imagen de una imagen le parecía inaceptable...

Como ven ustedes, hay un rodeo, hay una especie como de compromiso entre la idea de la fabricación, la producción, como en las cosmogonías griegas de como se ha hecho el mundo, y la idea cristiana de creación que no es emanación, sino que justamente el creador pone en la existencia realidades distintas de él. Que esto es lo que se explicará en textos sobre el Antiguo Testamento -pero bastante posteriores- como creación de la nada. "De la nada", quiere decir no de Dios mismo, no de una materia existente anteriormente, es decir, Dios pone en la existencia realidades que son creadas, que son evidentemente criaturas, distintas de Dios -naturalmente procedentes de él, pero distintas de su realidad-, puestas en la existencia por un acto libre, un acto creador libre.

 

En el cristianismo sobre todo -en el judaísmo está ya la cosa larvada, por supuesto-, la Creación es un acto creador de amor efusivo, es decir, Dios pone en la existencia realidades distintas de él que van a ser amadas, para ser amadas precisamente. Dios consiste primariamente en amor -esto aparece también, con mucho menos relieve en el Antiguo Testamento, pero plenamente, totalmente, en el Nuevo- y por tanto, la creación, tal como aparece en el cristianismo, es un acto de amor efusivo, es dar la existencia, poner en la existencia realidades que no son Dios, que son distintas de él, que no están hechas de él mismo y que están destinadas a ser amadas. Dios las crea por amor y para amarlas. Ese sería el esquema, diríamos, general de la idea de creación.

 

Entonces, la concepción cristiana, para atenernos a la forma más plena del cristianismo, sería precisamente que toda realidad no divina, toda realidad que no es Dios (pero toda realidad: no solamente terrena, pues Dios creó el cielo y la Tierra, es decir, si suponemos, o creemos en otro tipo de realidad, pensemos por ejemplo en las realidades angélicas, que son también personales) es creada. Dios crea todo lo que no es él.

 

Bueno, recuerden ustedes como en el Credo se dice de la Segunda Persona, de Cristo, "engendrado, no creado". Esa matización del Símbolo es precisamente para marcar que él es justamente la misma realidad del Padre, es decir, es Dios mismo, no una criatura. Naturalmente, ha habido herejías que decían que Cristo era creado, que era, por ejemplo, hijo adoptivo de Dios. Ha habido múltiples herejías, en diferentes formas y con matices distintos. Pero el problema es el siguiente: Dios pone las criaturas en la existencia por amor efusivo, pero son distintas de Él, que es lo que se traduce también en la idea de que Dios es trascendente, es decir, Dios está más allá de toda realidad creada: no es parte de Dios, ni simplemente una mera consecuencia, o como decíamos, una emanación o dilatación de Dios, no, es una realidad nueva, distinta. Distinta de Dios, pero puesta en la existencia por Él, por un acto libre, por un acto de amor efusivo.

Eso es capital y me parece importante tener esas nociones claras. Lo que sucede es una cosa curiosa: después de haber entendido el mundo precisamente como creado, se ha recaído -hace algún tiempo ya y acentuadamente en nuestra época- en una idea que es la cosmogonía. Ustedes saben que ahora, con origen sobre todo en los físicos -o en los astrónomos, según los casos- se habla del origen del mundo. Hay múltiples teorías, la del big-bang, por ejemplo, una especie de explosión originaria, o una implosión, hay ahí para todos los gustos... Dicen por ejemplo, saben ustedes, que hay una partícula, una partícula que podía ser mínima, y hay como una especie de inmensa explosión -que sería el big-bang- y se forma el universo. ¿Es posible? ¿Es imposible? Yo no digo, no estoy autorizado, no soy físico ni soy astrónomo, no sé como se ha producido, pero podría ser. Pero lo que pasa es que precisamente hay gentes que creen que eso tiene que ver con la creación, que eso es una especie de negación de la creación. Y no tiene nada que ver. El mundo ha podido formarse así, o de otro modo -allá los que entienden o creen entender-, pero es un asunto que ni roza siquiera la cuestión de la creación.

 

Ustedes comprenderán que en la posición creacionista, Dios crea; naturalmente, y Dios ha creado esa partícula pequeñísima, esa partícula, y después se produce el big-bang, y todo se forma, las galaxias y las constelaciones, y todo lo demás, hasta que lleguemos a nosotros. No tiene nada que ver con la creación, es decir, es una recaída en las cosmogonías; las cosmogonías que explican como se ha hecho el mundo. Y en definitiva yo creo que no lo sabemos; pero en fin, si puede investigar, si puede tratar de averiguar, tal vez la física pueda descubrir algunas posibilidades, descubrir la realidad de cuál ha sido la génesis del mundo, me parece bastante problemático, ojalá lo averigüen, pero en todo caso esto deja intacta la cuestión de la creación.

 

Entonces, naturalmente, queda sin explicar la pregunta que hace Leibnitz -y luego la repite, de forma un poco distinta, Heidegger. Y nadie recuerda -o quiere recordar- que, entre un y otro, también la formuló Unamuno: ¿por qué hay algo, y no más bien nada? Esa es una gran pregunta filosófica: ¿por qué hay algo? ¿Por qué hay realidad? El primero que ha preguntado eso y que conozco es Leibnitz; el último, Heidegger; en el medio, Unamuno, que también lo dijo. ¿Por qué hay algo y no más bien nada? Podría no haber nada. Y resulta que hay realidad, y eso a mí siempre me asombra: ¿por qué hay algo, por qué hay realidad, por qué hay mundo? Dejemos de momento a Dios; pero el mundo... Claro, entonces cabe preguntar: ¿y por qué? Claro, la idea de creación supone que hay Dios, y que Dios es una realidad suprema, eterna, que no ha empezado, que es el sustento de toda la realidad y, por creación, existe todo lo demás que existe. Lo cual, evidentemente, es una explicación satisfactoria, con un supuesto, naturalmente, que es Dios. Es decir, suponiendo precisamente a Dios, entendido como una realidad suprema, absoluta, necesaria, que no ha podido no existir, con la capacidad creadora y con la voluntad libre de crear, porque podría haber Dios y nada más. Podría no haber ninguna realidad fuera de él, no haber ninguna realidad creada: esto es una posibilidad, naturalmente. Cuando se elimina la noción de creación, se puede explicar, se puede intentar explicar y puede haber varias explicaciones plausibles, posibles, verosímiles, de cómo se ha formado el mundo. Sí, pero queda la cuestión: ¿y por qué? Por qué hay mundo? Ese origen, sea lo que sea, una partícula o todo lo que se quiera, una complicación inmensa o una partícula originaria: por qué hay esa partícula originaria? Si decimos que la ha creado Dios, esto es satisfactorio, asintiendo a la existencia de Dios, naturalmente; pero si no, no se justifica, falta justificación.

 

Hay un segundo paso, que también parece inquietante y que tampoco se suele considerar en serio, que es lo siguiente: el hombre investiga la realidad, el hombre trata de conocer, de indagar, de investigar el mundo, trata de entenderlo. Y da por supuesto que es inteligible, que la realidad es inteligible, que se puede entender: que se puede entender cómo funcionan los organismos, cómo vivimos las personas, cómo es nuestra vida psíquica, cómo se producen los animales y los vegetales y cómo se organizan; cómo hay unos astros que tienen ciertos movimientos, que tienen ciertas fuerzas de atracción entre sí, y tienen unas órbitas determinadas, y hay galaxias, y hay todo lo que ustedes quieran... Eso se supone que es inteligible, y por tanto se puede investigar, y el hombre lleva esforzándose miles de años -creo que no muchos- tratando de entender y de investigar, con el supuesto de que se puede entender, de que el mundo es inteligible.

 

Pero resultaría lo siguiente: si no pensamos en que ha sido creado, entonces no ha sido inteligido por nadie, no ha sido entendido por nadie. Es decir, esa realidad que nos parece inteligible, que tiene por ejemplo ciertas estructuras -piensen ustedes, por ejemplo, en los vivientes de todo tipo, evidentemente los entendemos, entendemos cómo somos, entendemos nuestras estructuras, nuestras funciones vitales y también los animales y las plantas etc.; todo eso es inteligible y los zoólogos, y los botánicos, lo estudian, lo investigan, creen que se puede entender, y lo van entendiendo.

 

Pero, y si nadie lo ha entendido nunca, si nadie ha entendido el movimiento de los astros, o las estructuras de las galaxias, o la composición química de los cuerpos, o todo lo demás: ¿es esto comprensible? ¿Es inteligible una realidad que no ha sido nunca entendida por nadie? Por lo menos es inverosímil... Nosotros sabemos que las cosas tienen sentido. Por ejemplo, simplemente nuestra estructura somática, que es bastante clara y, por tanto, inteligible. No sé... tenemos unas manos, con dedos, que pueden coger las cosas, tenemos unos pies que nos permiten andar, tenemos ojos y leemos, tenemos un aparato reproductor, que permite que de los hombres y mujeres vayan naciendo otros hombres y otras mujeres. Hay un mecanismo complejísimo: cuanto más se descubre -porque se está investigando de modo fabuloso la estructura incluso somática del hombre para no buscar cosas muy complicadas: es una estructura -ahora con el ADN y todo lo demás que están descubriendo, resulta que esto, que el hombre, con gran trabajo, con muchos aparatos, mucho esfuerzo va descubriendo, esto... no lo ha pensado nadie y no lo ha entendido hasta ahora nadie. Permítanme decir que es un poco inverosímil. Es que la inteligibilidad de un mundo nunca inteligido por nadie, cuesta trabajo admitirlo. Lo que pasa es que el hombre, puesto en un transe, está dispuesto a admitir todo, por inverosímil que sea, por incomprensible que sea. Entonces, evidentemente, esto produce una especie de zozobra intelectual. Yo, cada vez que veo lo que dicen los investigadores, precisamente en esos últimos tiempos -las cosas han sido muy distintas para Newton o Galileo- y que no entienden que el mundo es inteligible porque ha sido entendido por un Dios creador, que lo ha creado, diríamos, con unos planes y unas ideas determinadas, y que ha hecho las cosas para que sean tales cosas. Hoy la teleología está eliminada prácticamente, no se atreven a usarla. Y yo he pensado a veces que tenemos 32 dientes: ¿por qué tenemos 32 dientes, precisamente 32 dientes? Por lo visto, los hombres de todas las épocas, a lo largo del tiempo, tenemos 32 dientes. A veces cayendo, sí... pero 32 dientes. Eso quiere decir que lo que se llama la naturaleza, la naturaleza humana, y biológica, y animal, y vegetal, da la impresión de que tiene sentido, un sentido que se puede descubrir, y están las cosas hechas para algo. Pues no, la idea dominante es que no. Cuesta mucho trabajo admitirlo.

 

Ustedes fíjense en lo siguiente, si pensamos en una creación ya damos un paso para poder entender. Ah, claro: si esto ha sido creado por alguien que lo ha creado de una cierta manera, para que el mundo funcione de determinada manera, para que los organismos y los astros y todo lo más tengan un cierto comportamiento y una cierta consistencia - y aquí recuperamos la idea de consistencia, el ón, aquí vuelve a aparecer en otro contexto. Entonces, por lo menos, diríamos, tenemos el campo abierto para indagar, para investigar: ¿por qué?, porque lo que tenemos es la inteligibilidad, de un mundo que no se entiende más que muy en parte, que tiene inmensos continentes no entendidos y que quizá nunca se lleguen a entender, pero que en principio, digamos, tenemos la garantía de su inteligibilidad. No me parece una consideración vana, creo que tiene bastante peso, bastante importancia. Claro, la gran objeción es la siguiente: muy bien, usted dice que el mundo ha sido creado, y toda la realidad ha sido creada, ¿creada por quién? Y por supuesto el cristianismo -y el judaísmo diría lo mismo- diría: por Dios. Sí, ¿y donde está Dios? No aparece, no lo veo, no lo tengo en mi mano, no puedo partir de Él: ahí está la cuestión. El error de una gran parte de los pensadores ha sido partir de Dios, de Dios no se puede partir, que es el gran ausente, es absconditus, está escondido, no se manifiesta. No se puede partir de Él, se le puede buscar, quizá se puede llegar a Él por una vía o por otra, pero partir no.

 

Entonces, ¿qué hacer? Yo creo que hay un paso que se puede dar, que es evidentemente interesante: no podemos partir del creador, no, por supuesto; será la meta, será el final. Sí, pero ¿no se puede encontrar la creación? ¿No tenemos la evidencia del acto creador? Es un encuentro. El encuentro -y esa es una cosa que me ha ocupado mucho- que es el nacimiento de una persona. Todos los días nacen niños -no muchos ahora, en muchos países, pero nacen. Y entonces ¿qué ocurre? Resulta que hay que hacer una distinción, que no creo que se haga nunca, hay una distinción entre lo que ese niño que nace es y quien es. Lo que el niño es, es un organismo biológico, un ser vivo que sale del vientre de su madre, que ha sido engendrado, que naturalmente procede del padre y de la madre. No sólo del padre y de la madre, sino de los abuelos, y de los tatarabuelos, y hasta donde se quiera llegar. Y de los elementos cósmicos que lo integran, porque está compuesto: es una realidad material. Y en la realidad del cuerpo de ese niño que está naciendo intervienen el oxígeno, y el hidrógeno, y el fósforo, y el carbono, y todo lo que ustedes quieran, y además en combinaciones muy complejas. Eso es lo que el niño es. Y por tanto, es derivable, y se deriva del padre de la madre, de los antepasados y, repito, del cosmos físico. Sí, pero quién es, ah, esto es una cosa distinta. Tenemos dos, el padre y la madre; cuando el niño nace, es un tercero, es un tercero absolutamente distinto, irreductible al padre y a la madre y a todo lo demás. Absolutamente irreductible. Es un tercero. Es por tanto una realidad que no existía, que absolutamente no existía, y que es irreductible a las demás.

 

Por consiguiente, nos encontramos con que es irreductible incluso a Dios, al creador también, porque una vez creado, una vez puesto en la existencia, puede decirle no a Dios. Es decir, es una realidad absolutamente nueva, innecesaria, que es lo que los escolásticos llamarían contingente, podría no existir, pero cuando existe es real y es irreductible a toda otra realidad, incluso la divina. Y por consiguiente es una realidad producida, innovada, una innovación de realidad, pero radical, absolutamente radical. Pero esto es justamente lo que entendemos por creación. Ya decía a ustedes que creación consistía en poner una realidad en la existencia, una realidad distinta del creador. Al creador no lo encontramos, no disponemos de él, no lo tenemos, pero a la realidad creada, sí. Es evidente ante nosotros lo que llamamos creación: innovación radical de realidad. Pues bien, la persona que nace es eso, es exactamente eso, precisamente eso. Con lo cual nos encontramos con que el creador está ausente, y es difícil de encontrar, es problemático y a lo mejor no lo encontramos, pero el resultado de la creación, sí lo tenemos. Entonces, claro, esto revierte sobre el planteamiento general de la cuestión. La aparición de una persona, de una persona, es enteramente inexplicable por los mecanismos de la física o de la biología. Porque ese tercero que aparece, esa persona, ese quien, que dice yo, no es un organismo, naturalmente, ni sus aparatos psicofísicos, ni su carácter, que se puede heredar, heredamos muchas cosas, a veces hasta la voz heredamos de los padres, la manera de andar, mil cosas... Todo eso, que es lo que es la persona; se deriva, repito, de los progenitores y del mundo, en general... Ahora, el quien, no: el quien es irreductible. Cada uno de nosotros es un yo absoluto, producido en cierto momento, que ha empezado a existir tal día, innecesario, que podría no existir, por supuesto: pero una vez existente, es único. No se reduce a nada.

 

Ustedes tomen dos gemelos, univitelinos, prácticamente son indiscernibles. Evidentemente, lo que son es igual, sí, sí, pero cada uno es cada uno, claro, cada uno dice yo, y tiene su propia vida, y sus propios proyectos, únicos, y una imaginación que es diferente, cada uno va por su lado. No se pueden confundir de modo alguno: dos gemelos univitelinos son tan diferentes como las personas más dispares, más alejadas en el tiempo, o en el espacio, o en la raza, o lo que sea. Es decir, la unicidad es absoluta y total. ¿Cómo se puede explicar esto? Yo creo que es evidentemente el hecho de la creación. Lo que es evidente no es el creador, por supuesto no, y siquiera diríamos el acto de creación; lo que es evidente es la criatura. Justamente el resultado: una persona que nace es una criatura. Y eso es evidente, es absolutamente evidente. Que habrá que explicarlo, habrá que buscarlo; de ahí podremos remontarnos a la realidad en conjunto, pero lo que no podemos hacer es omitirlo, es no darnos cuenta de que el quien es absolutamente irreductible, inderivable, no se puede derivar de nada.

 

Y eso naturalmente, hace que la persona humana tenga un tipo de realidad única, un tipo de realidad que no se parece a ninguna otra. Y resulta que la realidad a que llamamos persona es casi un enigma, es casi un misterio, del cual los hombres tienen muy poca idea. Y cuando tienen alguna, la pierden rápidamente; y cuando lo ven, al cabo de poco tiempo, dejan de verlo. Es un misterio extraordinario, es una enorme inverosimilitud.

Como ven ustedes, por tanto, se está produciendo un fenómeno curioso: es una recaída en las cosmogonías, en los relatos más o menos científicos de como se ha hecho el mundo, de como se ha organizado el mundo, de como se ha desarrollado y ha crecido el mundo, omitiendo el problema capital, radical, de por qué existe, por qué lo hay. Y en segundo lugar, omitiendo que hay ciertas realidades, concretamente la persona, que es inexplicable por derivación, porque no se deriva de nada de lo que encontramos en la vida existente. Justamente lo que tiene de persona; todo lo demás es derivable, insisto mucho, no solamente la realidad biológica, también psicofísico: es evidente que una persona nace con ciertas dotes, es evidente que a lo mejor tiene muy buena memoria, o muy mala memoria, o tiene la voluntad débil, o un carácter tal que le viene de su abuelo... Todo eso está perfectamente explicado, el carácter también, ciertas inclinaciones, todo eso se deriva, pero eso es lo que es. Pero el quien, quien es, no se parece a nada, es totalmente irreductible, es una posesión absoluta de realidad. De ahí viene la diversidad ilimitada humana. Hay ahora, parece, unas seis mil millones de personas, y ha habido, claro, a lo largo de la historia muchos más. No hay dos iguales, ni los ha habido, ni los habrá. Podría, evidentemente, llegarse a una homogenización que las gentes quedasen sumamente parecidas, evidentemente podría ocurrir, hay una gran homogenización en el mundo, podría haber, qué sé yo, cruces o lo que sea y que se llegase incluso a una semejanza mayor que la que hay actualmente, de tal manera que las diferencias somáticas y psicofísicas fueran menores, o casi desdeñables. Siempre queda la posesión que es cada uno, que dice yo, y por eso tiene nombre propio. Eso es absolutamente inevitable, inexplicable por derivación de otras realidades.

 

Y eso es, comprenden ustedes, la diferencia entre lo que alguien es y quien es. Cosa que la lengua no confunde jamás, las lenguas no confunden nunca que y quien, alguien y algo, nadie y nada. Qué curiosidad! En todas las lenguas existen palabras que distinguen entre la persona y todas las cosas, y cualquier tipo de cosas. Y la ciencia y la filosofía se obstinan en confundirlo. Y llevamos 2500 años preguntando: ¿qué es el hombre? Pregunta errónea, pregunta que lleva a una respuesta errónea, porque no es qué, es quién. Pero, claro, no podemos decir quién es el hombre, porque justamente quien apunta a esa unicidad, a esa singularidad, habría que decir quién soy yo.

 

Y por tanto la pregunta tiene que ser también una pregunta individualizada, una pregunta rigurosamente personal. Esto parece claro, parece que se entiende, y sin embargo si recae, una vez y otra, en la cosmogonía, en la cosificación de la realidad, en la idea precisamente de que, se considera en el hombre lo que es, nada más, y no quien es.

Yo he insistido a veces en un ejemplo muy trivial que es que en la lengua española, por ejemplo, hay ciertos enseñamientos que son curiosos, cada lengua tiene una cierta manera de instalación, no es casual que el español en su historia haya tratado a los hombres ajenos, a los hombres distintos, de otros países, los pueblos, siempre los ha tratado como personas. Curioso. En español, el acusativo de persona se construye con la preposición "a". Yo digo: "He comprado un libro", pero cuando hablo de alguien, no digo: "He visto Juan", "Yo he visto a Juan": "a Juan", con la preposición a. Y es curioso, precisamente, que incluso hay una situación muy interesante es la discusión de la razón de hombre con el animal; el animal es tratado como cosa, en definitiva. Yo les pongo un ejemplo trivial: el cazador que dice, "he matado seis conejos", pero si se le escapa el tiro y le da al perro, dirá muy triste: "he matado a mi perro". No habrá ni un sólo cazador de lengua española que diga: "he matado mi perro"; nadie lo dirá, dirá "a mi perro". Porque mi perro está personalizado, tiene una atracción personal por parte mía, le he contagiado la vida humana en cierta medida. Es decir, ese finísimo matiz, que distingue entre el conejo, diríamos anónimo, que no es persona, claro que no es persona, ni poco ni mucho, y mi perro, que no es persona, pero que está personalizado por la relación que tenemos, la relación de amistad entre el amo y su perro. Y por tanto la lengua introduce la preposición "a". En otras lenguas no, esto pasa en español; en francés, en inglés, en alemán, no hay preposición "a"; el acusativo es igual para cosas y para personas. Algún refinamiento teníamos que tener.

 

Muchas gracias.