Mecanismos y Sistemas,
 Límites y
Promesas


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Consideraciones sobre las Bases Teóricas de la Antropología

 

Juan Luis Chulilla Cano
Univ. Complutense de Madrid
Doctorando en Antropología Social
jenofon@idecnet.com

 

            Resulta una tarea en extremo difícil la definición de un límite preciso, con nombre/s y fecha aproximada, para el nacimiento de la Antropología. Reducirla a los límites estrictos, a la conjunción del objeto con la estrategia de investigación icónica para la disciplina, es una burla carente de sentido hacia los investigadores que precedieron a Malinowsky o a quienes, posteriormente, no escogieron a la observación participante y sus supuestos como el alfa y el omega de su trabajo; a la vista de las enconadas discusiones disciplinarias de los últimos veinte años, esta disquisición sobre el límite estricto, la fecha fundacional de nuestra disciplina, no es ni mucho menos espúrea. Inevitablemente, dicha cuestión nos lleva a plantear el eterno y cada vez más incómodo interrogante de nuestro lugar entre la comunidad académica en tanto que, de estar resuelto, no cabrían dudas razonables sobre el nacimiento de nuestra disciplina: se daría un consenso, explícito o no, sobre dicho asunto, paralelo a un consenso razonable sobre el proyecto antropológico y su pretendido alcance (aunque de él, y fuera de la disciplina, no se pudieran excluir la controversia sobre los límites estrictos del estudio clasificable como antropológico).

            Como acertadamente señala Llobera,

En los EE.UU., por ejemplo, el término anthropology se refiere a una amplísima disciplina que integra tanto el estudio biológico como social del hombre, incluyendo tanto la lingüística como la arqueología. En Francia la palabra anthropologie es a menudo entendida desde su sentido biológico, mientras que en Alemania anthropologie tiene todavía un fuerte sabor filosófico. En el Reino Unido anthropology se confunde prácticamente con social anthropology, es decir, con la dimensión social de la disciplina, aproximadamente lo que los norteamericanos denominan cultural anthropology, los franceses ethnologie  y los alemanes ethnologie. Por su parte, la palabra inglesa ethnology no existe prácticamente en el vocabulario antropológico del Reino Unido, mientras que en los Estados Unidos connota estudios de reconstrucción histórica (LLobera, 1999, p. 24)

            Sin embargo, el término es sólo etiqueta clasificadora de tribu académica si no va acompañado por un contenido. En este aspecto, y siendo fieles tanto a la etimología como al espíritu de nuestros padres fundadores, me temo que la única respuesta tintada en la esperanza del abandono de la escolástica u otras prácticas aún más improductivas, es una respuesta de alcance máximo. Si eso choca con los objetivos de otras disciplinas cercanas (e ignoradas o vilipendiadas por nosotros, como buen vecino) nos permitirá, al menos, abandonar la autocrítica masoquista para pasar a evaluar problemáticas del estudio del hombre que desbordan los ámbitos estrictamente disciplinarios. Como ventaja de nuestra disciplina (ciertamente leve) en este conflicto potencial, aduciré el propósito inicial, llevado a la práctica durante un tiempo, de crear un área de conocimiento de lo humano en su diversidad, en su diferencia, con la pretensión de evitar los juicios etnocéntricos (o la muy etnocéntrica y deliberada ignorancia de todas aquellas dinámicas humanas que no pudieran ser investigadas en sociedades occidentales, tal y como ha ocurrido con la masa de la investigación sociológica y sicológica).

            Hay autores de prestigio reconocido que han dedicado mucho más tiempo y esfuerzo a tratar de dilucidar una cuestión tan espinosa como es la del origen en el tiempo de nuestra disciplina. Por ello, permítame el lector que dé por supuesto un consenso que no lo es más que por su alejamiento de los bizantinos debates que han consumido buena parte de las energías de nuestro proyecto, al transformar lo que nació enfrentado en una constelación de escuelas aisladas; tomemos, por lo tanto, la segunda mitad del pasado siglo como el tiempo en el cual se pueden distinguir profesionales de ilustres antecesores. En esos días, la ciencia daba el paso definitivo que la separaba de la especulación; una nueva cosmovisión, distinta a todas las que el mundo había contemplado desde que el hombre empezó a reflexionar y crear pensamiento acerca de él. En el transcurso de cuatro generaciones, el corpus de conocimiento matemático tomó consistencia definitiva, mutando el tempo de su crecimiento hasta poder permitir ser la base de distintos modelos, cada vez más perfeccionados, para explicar distintas parcelas de la realidad y su comportamiento. Por más que la física había alcanzado la madurez casi dos siglos antes, otras ramas de la ciencia vieron nacer a grandes figuras que, apoyándose también en hombros de gigantes, otorgaron a sus respectivas disciplinas consistencia definitiva durante un lapso que, desde la distancia y en términos comparados, sólo podemos calificar como de asombrosamente rápido. Por más que otros muchos factores externos concurrieron en el feliz desenlace (tales como la explosión paralela en la producción y las comunicaciones), espero que no resulte una simplificación excesiva el apuntar, como causa [1] intrínseca, un punto sin retorno en la historia del saber caracterizado por la acumulación de utillaje matemático, la formalización del método experimental y la llegada a la madurez de una comunidad académica que abarcaba todo Occidente y que, falsación mediante, sometía (y somete) las nuevas aportaciones teóricas o empíricas a un contraste incesante y colegiado, dando lugar a una expansión explosiva tanto del alcance del conocimiento acumulado como de las áreas independientes del mismo. Así, en la segunda mitad del siglo pasado, asistimos al nacimiento de la práctica totalidad de las ciencias naturales modernas.

            Sin embargo, este suceso no hubiera sido posible sin las bases próximas que, durante todo el siglo anterior, fueron implantadas por la Ilustración. El énfasis combinado en la racionalidad y en el basamento empírico de todo posible conocimiento científico dio lugar, mediante las sucesivas aportaciones individuales de grandes figuras de la ciencia, al primer gran salto hacia adelante. Como todo movimiento intelectual, la Ilustración está enfocada en el hombre. De forma más específica, la noción de progreso, en tanto que desarrollo lineal de la historia humana hacia un fin previsible (de redención por el conocimiento), toma carta de naturaleza con la Ilustración; por vez primera, desde los tiempos clásicos, las concepciones sobre el hombre y lo humano apuntan hacia una independencia de la cosmovisión religiosa, omnipotente desde la caída del Imperio Romano. Como quiera, además, que en esa época tenía lugar un cambio revolucionario en la historia de la humanidad, la Revolución Industrial (la cual no dependió inicialmente de la ciencia y sus resultados, pero pasado un siglo se asistió a una confluencia cada vez mayor entre ciencia y técnica), con consecuencias palpables en todos los ámbitos de las sociedades occidentales de la época (no pocos de ellos nefastos), algunos intelectuales del siglo pasado, entendiendo la ciencia como proyecto y adscripción a una cosmovisión naciente más que como práctica, quisieron trasladar los logros de la ciencia natural a lo humano, bajo la doble perspectiva interdependiente de la creación de conocimiento científico del hombre y de intervención y redención en las sociedades marcadas por los efectos negativos del progreso.

            Las diferencias en cuanto a método, confluencia de proyectos, dependencia de la comunidad disciplinaria, etc., entre la entonces madura ciencia natural y la recién aparecida ciencia social fueron tan profundas que condujeron a ambos proyectos (ciencia natural y ciencia social) por muy distintos derroteros, sobre todo en cuanto a lo que a resultados, repercusión y reconocimiento social se refiere. Del mismo modo, las diferencias existentes en lo que a utillaje de investigación y a contrastación empírica se refiere fueron absolutamente determinantes para el desarrollo de ambas, dado que si en la ciencia natural se asistió a sucesivos cambios de paradigma provocados por debates trascendentales y aceptados por consenso tras una etapa de enfrentamiento, en la ciencia social se asistió a la disgregación en escuelas como consecuencia de debates de importancia semejante de manera que, mientras que en ciencia natural la tendencia general ha sido la de la protección del consenso en aras de la acumulación de conocimiento, en ciencia social el consenso se centró en la valoración de autores específicos, valoración que resultó variable en el tiempo; en otras palabras, la tendencia absoluta en ciencias sociales ha sido protagonizada por la apropiación de parcelas cada vez más pequeñas de conocimiento, de método o de ambos, por parte de investigadores puntuales, de forma que, con el tiempo, dichas apropiaciones condujeron a la creación de áreas de conocimiento reconocidas en la comunidad académica, al ser suficiente el número de acólitos. Conforme nuevos autores se apropiaban de nuevas parcelas, por sí mismos o de la mano de sus seguidores, los límites logísticos y financieros de la comunidad académica impidieron la proliferación ad absurdum de nuevas areas de conocimiento reconocidas como independientes, con lo que se asistió a la creación de escuelas internas en cada disciplina con pocos nexos en común aparte de la ignorancia profesada hacia el trabajo de otras escuelas. Como quiera que la ciencia natural demostraba con contundencia la bondad de sus resultados, y como quiera que la apropiación de parcelas de conocimiento era, en no poca medida, dependiente del carisma personal, periódicamente las distintas disciplinas sociales se veían sometidas al imperio coyuntural de una de sus escuelas, a la busca de un consenso nunca alcanzado. No obstante, como faltaba el decantador apropiado para los debates fundamentales, como ninguna escuela, en buena ley, podía argüir que su respuesta era superior a las otras más allá de la duda razonable, la moda pasaba, y nuevas escuelas nacían, se hibridaban, mutaban o fallecían. La ultima moda que ha causado impacto en la ciencia social, el postmodernismo, puede concebirse bajo los parámetros mencionados como el arrebato desesperado, como la respuesta visceral al ensanchamiento del abismo entre ciencia natural y social. En lugar de buscar nuevos métodos que lograran invertir la tendencia de balcanización de la ciencia social, que buscaran la comunicación entre escuelas, entre disciplinas y, derivado de ellas, el consenso necesario para la acumulación de conocimiento, el movimiento postmoderno decidió que, después de todo, las uvas estaban verdes, y negó en desigual batalla con la realidad académica que el conocimiento es acumulable, en un paroxismo de relatividad que hizo revolverse a Feyerabend en su tumba y que casi acabó con el proyecto inicial de la ciencia social, al pretender devolver a las distintas disciplinas a las yermas y abandonadas llanuras de la retórica, retórica ésta que ni siquiera era ya especulativa.

            En cualquier caso, y retomando la cuestión de la madurez de la ciencia, podemos destacar un rasgo de ese proceso que contribuyó, en no poca medida, al fracaso de las ciencias sociales como proyecto científico y que provocó que la comunidad científica se apercibiera de los límites del proyecto inicial. Bajo los términos de determinismo, método de causación lineal, perspectiva analítica, etc., se encuentra una confluencia entre el método de obtención de conocimiento y la tecnología que ha marcado el desarrollo de la ciencia clásica. Al igual que fue la primera en alcanzar la madurez, la física fue también la primera en trascender los límites que marcaron los grandes maestros, al trastocar completamente su paradigma por medio de la mecánica cuántica y el desarrollo progresivo de los análisis de la complejidad. En los últimos treinta años, los límites clásicos se han visto desbordados desde la biología, la climatología y otras disciplinas naturales. Las ciencias sociales tuvieron noticia de ese cambio radical pero, inmersas en su dinámica de fragmentación y coyunturalidad de paradigmas múltiples, tradujeron el estudio de los sistemas complejos como un modelo más, bajo los mismos parámetros que otros modelos integrados en el multiparadigma, y tras unos años de entusiasmo ha sido postergado por modelos mas novedosos. En cualquier caso, ¿En qué consiste ese límite de la ciencia clásica?

Siguiendo a Aracil,

La aparición de estas nuevas técnicas [la secuencia de varios siglos de innovaciones técnicas que precedieron a la Revolución Industrial] se haya íntimamente relacionada con el desarrollo de una nueva mentalidad ante las cosas. Los hombres dejan de adoptar una actitud pasiva frente a los oscuros designios de la naturaleza, para pasar a adoptar una actitud mucho más activa y dominadora. El dominio de la naturaleza tiene lugar mediante los artefactos a que da lugar la actividad técnica. En esta actividad se encuentra el gérmen de una actitud según la cual se ve a la naturaleza como una concatenación de causas y efectos, de modo que el objetivo del quehacer racional del hombre se convierte en la investigación sistemática de la relación de causas y efectos que se manifiesta en la realidad.[...] La actitud del hombre como mero observador de las relaciones de causa a efecto que se producen en la realidad, fue trascendida por un proceso de naturaleza más elaborada: la producción artificial de los hechos que se trata de observar; es decir, la experimentación como medio de acceder al conocimiento (Aracil, 1986, p. 41-43).

            A los efectos de la construcción del conocimiento en una cosmovisión integrada, y dejando aparte ciertas lecturas logocéntricas [2] insertas en el texto, podríamos señalar que el cambio trascendental producido con la introducción del pensamiento científico fue la transición de una cosmovisión integrada (llámese religiosa por comodidad), en la cual todos los elementos estaban gobernados por una misma lógica implícita, ajena en su control al individuo en concreto (muy al contrario, el individuo se considera controlado por dicha lógica, con escaso margen para la maniobra), una cosmovisión dependiente sólo de la sociedad como un todo, a una nueva cosmovisión que se construye a partir de las aportaciones explicitas, volitivas, de una élite designada al efecto, de manera que tanto los elementos como la lógica que los une son creados, mutados o eliminados por individuos y no por el desarrollo de la cultura como un todo, ajena en su totalidad sinérgica a los designios de los individuos que viven desde y hacia ella. Partiendo de la resurrección de la lógica analítica y su confluencia con la observación (trascendiendo el método de Aristóteles en tanto que una parte importante residía en la observación del hecho artificial), de su independencia respecto al pensamiento religioso y de su confluencia con una serie de innovaciones técnicas que permiten al hombre percibir el efecto que su acción tiene sobre la realidad más allá de la duda razonable [3] , la cosmovisión científica alcanza su independencia desde el enfrentamiento (por activa o por pasiva). Una anécdota histórica resulta en extremo gráfica:

Durante la expedición de Napoleón a Egipto, el emperador se interesó sumamente por los trabajos de los científicos que llevó consigo. Laplace, al ser preguntado por Napoleón sobre la ausencia de Dios en su sistema del mundo, respondió: "Señor, no he tenido necesidad de esta hipótesis" (Koyré, 1973, p. 336. Apud Neusch, M. 1989, p. 49) 

            Cuando la ciencia alcanza la madurez lo hace, como hemos indicado, en medio de la confluencia de técnica y creación de conocimiento en puntos sin retorno, en masas críticas que lanzan a ambas a un crecimiento exponencial aún no detenido. Cuando esto ocurre, la ciencia alcanza un sesgo determinista sintetizable en el antropocentrismo más extremo: el hombre (occidental) considera el universo desde una analogía mecánica, pretendiendo que la realidad está gobernada por un conjunto de leyes creadas (descubiertas) desde la lógica analítica, y merced a la confluencia permanente entre ciencia y técnica [4] aspira, a un tiempo, a conocerlo en su funcionamiento y proceso, desentrañándolo, y a dominarlo. El antropocentrismo es una constante en el conocimiento, sea científico o no, y resulta sugerente su proximidad funcional y sintomática con el etno-centrismo. Si el etnocentrismo es el resulta inevitable, y por lo tanto universal [5] , de la a su vez inevitable definición, adscripción y mantenimiento de la identidad grupal y su engarce con la cosmovisión, el antropocentrismo es el resultado inevitable, o al menos el potencial permanente, de la construcción del conocimiento de la realidad. La diferencia estriba en que mientras que las cosmovisiones premodernas consideran al hombre y a la naturaleza gobernados por una lógica que escapa a la comprensión total, a la reelaboración desde el individuo, por una lógica que infiere la existencia de volición más allá de la esfera humana (y, con ello, resta eficacia y alcance a la volición humana, condenada a negociar o luchar contra esas voluntades), la cosmovisión científica considera al hombre y a la naturaleza gobernados por una lógica que es ajena a toda voluntad, que elimina por falta de referencia la volición ajena al hombre, y que el individuo no recibe durante su enculturación sino que tiene el potencial de inferir, desde el ejercicio de la reflexión gobernada por la lógica analítica y la observación de eventos naturales o artificiales. Al tener el potencial de inferirlas de forma activa, tiene el potencial de comprender su alcance y, con ello, aplicarlas para cambiar distintos elementos de la realidad percibida de una forma controlada. El antropocentrismo de esta nueva cosmovisión se ve eficazmente sustentado por el salto cualitativo que su aplicación a la realidad significa, comparada con todas las otras cosmovisiones anteriores; de hecho, la finalidad última de la cosmovisión científica, a diferencia de todas las anteriores, es dotar a la humanidad de los medios para el control de la realidad in toto, vía su comprensión factual, independiente de toda volición.

            Así mismo, hay que señalar que la ciencia no está tan profundamente imbricada en la cosmovisión de las sociedades avanzadas como otras formas de conocimiento en otras sociedades. La ciencia carece, stricto sensu, de misterios; teóricamente, está al alcance de todo ciudadano del primer mundo que quiera acceder a ella. Estrictamente hablando, no requiere de actos de fe más allá de la razón, por más que el ejercicio de la razón pura, sin la preparación necesaria, sea insuficiente como para aprehender el detalle y el alcance de los conocimientos científicos contemporáneos. Precisamente porque estamos ante la aceptación y no ante la fe, el crecimiento exponencial del conocimiento científico (cuyo resultado inevitable es la aprehensión minoritaria de la ciencia), la fragmentación creciente en disciplinas estancas a efectos prácticos y, paradójicamente, la efectividad real, palpable, de una ciencia que no se aprehende, traen consigo una disminución de la seguridad ontológica (Giddens, 1990, 1991) comparada a la de otras sociedades, con nefandos efectos secundarios tales como la explosión de las seudoespiritualidades encarnada en la Nueva Era. El concepto de seguridad ontológica es autodefinido en el término que emplea; desde la Antropología podemos definirlo como la consistencia, fortaleza e implicación experiencial de una cosmovisión. Así, si la seguridad ontológica de una sociedad o grupo es fuerte, para los individuos la cosmovisión particular es la realidad, siempre han estado y estarán en esa cosmovisión; si es débil, se entiende que es una construcción colectiva acerca del mundo y el individuo, en última instancia, tendrá más dificultad para situarse en el mundo que si poseyera una seguridad ontológica fuerte. Por más que el concepto tenga una dimensión generalista y resulte trivial que existan variaciones en su calidad en el seno de una sociedad, entiendo necesario concebirlo en un sentido máximo, de manera que haga referencia a la sociedad en su conjunto. Aunque sea factible aplicarlo de forma parcial, y así definir una seguridad ontológica referida a una parcela de la realidad, no parece útil obviar una concepción general de dicho concepto. En este sentido, considero que es la falta de armonía entre la ciencia como conocimiento y la sociedad en su conjunto la que provoca, en el seno de las sociedades avanzadas (con un alto grado de secularización, no mensurable de forma cuantitativa pero sí perceptible cualitativamente, y más allá de la duda razonable, en la laxitud de la práctica religiosa) un descenso continuo y acumulado de la seguridad ontológica desde que la ciencia substituyó de forma apreciable a la(s) religion(es) como fuente para los elementos de la cosmovisión.

            Apuntada una lectura antropológica, etic, acerca de los límites de la ciencia clásica [6] , vuelvo al problema de los límites de dicho etapa de la ciencia (trascendida, que no superada [7] ). Pido por adelantado la indulgencia del lector, en tanto que voy a tratar de forma muy superficial, a vuelapluma, una cuestión en extremo compleja. Los límites de extensión del presente ensayo me obligan a ello pero, ante todo, existe una cuestión de orden: no albergo la suficiente fuerza moral como para poder cargar las tintas extensivamente acerca de los fallos en otras disciplinas. Aunque contara, que no es el caso, con conocimientos extensos y formales sobre las ciencias naturales, ello no sería óbice como para repetir la falta de consideración que, quizás por envidia y frustración, han cometido diferentes autores de las disciplinas sociales. En vez de entonar un muy necesitado mea culpa, las más de las veces se ha criticado feroz e inadecuadamente la epistemología de la ciencia natural, por más que los múltiples éxitos de la misma condenaran tales críticas al fracaso. En los últimos tiempos, además, la ya mencionada exacerbación y perversión del relativismo cultural ha jugado en demasía con el fuego del solipsismo, de forma implícita, y así las posibles críticas constructivas a ciertos excesos por parte de ciertos científicos naturales hacia el estudio del hombre, tales como el fisicalismo o el determinismo genético, han dejado de emerger, sumergidos como estamos en el marasmo de la autorreferencialidad. 

            Por más que la ciencia clásica deba ser considerada como de los hitos fundamentales de la historia humana, netamente superior desde diversas perspectivas [8] , por más que el desarrollo histórico de la humanidad contemporánea sea ininteligible sin el concurso de la ciencia, subsiste el problema de la relación entre el modelo y la realidad modelada apuntado anteriormente. La posición de la ciencia clásica, como he indicado en la nota 8, ha sido definida por diferentes filósofos de la ciencia como determinismo. Este tipo de racionalidad analítica supone, a priori, la posibilidad de que todos los fenómenos observables en la naturaleza puedan ser explicados por medio de una cadena lineal de causa y efecto. Veamos la definición de Krippendorf en el Web Dictionary of Cybernetics and Systems:

DETERMINISTIC: Attribute of systems whose behavior is specified without probabilities (other than zero or one) and predictable without uncertainty once the relevant conditions are known. Deterministic systems leave nothing to chance and are of necessity lawful. There are no options. Deterministic systems conform to the ideal of a machine in which wear and tear, mechanical failures and unreliabilities are absent [...]. [9] 

            Para cualquier fenómeno a explicar, la perspectiva analítica hace que tenga que ser considerada en función de sus propiedades elementales. Para explicar un suceso real, siempre que se puede se recurre a un modelo artificial del mismo tan simplificado como su fidelidad al original le permita, de manera que se reduzca al mínimo la parte no controlada de su comportamiento. El fenómeno artificial, convenientemente cuantificado, suministra los datos necesarios para que el análisis matemático (de cálculo, o bien probabilístico) pruebe la bondad de una hipótesis o genere una nueva [10] . Por medio de una operación metonímica, el investigador supone que la construcción teórica generada y/o validada a través de su experimento refleja de manera satisfactoria el fenómeno natural que quiere analizar.

            Quisiera dejar fuera de la presente reflexión la realidad ontológica de las relaciones de causa y efecto. Si pretendemos construir conocimiento acumulable y consensuable la causalidad ha de ser un axioma para la viabilidad del conocimiento explicativo, por más que no podamos afirmar, en buena ley, que la causalidad en la realidad es un hecho más allá de la duda razonable. Por ello, la construcción del conocimiento riguroso y cientifista exige alejarse del círculo vicioso coronado en su único extremo por el empirismo extremo humeniano y por el solipsismo (éste último, sea cual sea su disfraz retórico).

            Pese a que el conocimiento generado tiene el potencial de ser satisfactorio para un amplio espectro de casos de la vida real, plantea un doble límite de cara a su valor como conocimiento en sí. El determinismo, basado en la causación lineal, presupone que el comportamiento real de todo suceso sería comprensible si se tuviera acceso a un dato empírico lo suficientemente exacto.  Ciertos tipos de sucesos responden, de forma satisfactoria, a este planteamiento; esto ha quedado patente tras un par de siglos de experimentación científica controlada. La conclusión de esta circunstancia, hasta hace relativamente poco tiempo, es que sucesos sencillos generaban un modelo sencillo y sucesos complejos sólo serían abordables desde un modelo igualmente complejo.

            Dejando aparte problemas simples que generan soluciones en extremo complejas, fuentes de innovadores estudios que han desembocado en la dinámica compleja, uno de los avances matemáticos más promisorios de este siglo, subsiste un problema insoluble en su base: la ilicitud de la metonimia entre la causalidad lineal y el desarrollo diacrónico de las dinámicas reales. Podemos rastrear esta metonimia hasta la concepción de Frazer de magia contaminante: al igual que los pueblos primitivos [11] hacían extensiva su funcionalidad de la cosmovisión a todos los ámbitos de la realidad perceptible (todo es presagio, todo es signo, la causación está inextricadamente atada a los conceptos de contaminación y simpatía, aunque de forma flexible, no tanto lineal como aproximada), la cultura formal occidental, nacida al calor del pensamiento clásico, terminó por aplicar su elaborada y explícita funcionalidad a todos los elementos de su cosmovisión. Cuando la cultura formal inició su andadura en solitario, desprendida de la religiosidad y de la especulación filosófica y encaminada a crear una cosmovisión alternativa y en no pocas ocasiones competitiva, hizo suya la funcionalidad cognoscitiva del saber clásico, adaptándola a unos criterios de veracidad máximos y explícitos, pero atando lo pensado en una cadena férrea de causas y efectos, sometida a tensión por el peso del contraste con la realidad. Una tras otra, las cadenas se iban rompiendo por el incremento de nuevos retazos de realidad a conocer, o eran substituidas por otras que sostenían el peso de la realidad conocida de forma más estable, al menos en apariencia.

            Si nos centramos en el objeto de la Antropología, las sociedades y sus culturas, una conclusión rápida y en apariencia trivial reside en que estamos ante un problema complejo. Dejando para más adelante otros aspectos de la definición, un sistema se define como complejo en virtud de la fortaleza y densidad de la relación entre los elementos que lo constituyen. Un sistema no complejo, que no cumple estas condiciones, es susceptible de ser analizado probabilísticamente (y, por lo tanto, alcanzar un cierto grado de predictibilidad via su explicación) en tanto que la debilidad de la interrelación implica, lógicamente, una escasa interdependencia y, por lo tanto, es factible suponer que las propiedades de sus elementos son extrapolables a todo el sistema.

            ¿Qué ocurre con un sistema complejo y su causación? Un problema de este tipo choca frontalmente con el problema planteado anteriormente de la metonimia entre los modelos de la causación lineal y el desarrollo diacrónico de sucesos reales. La terrible dificultad a la que nos enfrentamos no depende de la exactitud con la que podamos cuantificar una de las variables a estudiar, sino que es anterior en el proceso de producción del conocimiento. Si el lector es un investigador en ciencias sociales, le pido que lea las siguientes lineas con la mente puesta en su experiencia investigadora (y enfatizo esta petición si es antropólogo): La densidad de las interrelaciones entre los elementos que pueblan un sistema complejo implica, inevitablemente, una fuerte interdependencia entre dichos elementos. De esto se deduce que cualquier cambio en un elemento ha de afectar, por fuerza y de un modo u otro, a todos los demás elementos. Esta concepción impide, en buena ley, la concepción de cualquier problema de estas características en términos de causalidad lineal, dado que el planteamiento hipotético de cualquier cadena causal lineal entre los elementos redundaría en un reduccionismo inasumible. Para cualquier dinámica dentro de un sistema complejo, la complejidad de su causalidad es analógicamente similar a lo que se conoce como condiciones iniciales sensitivas de un sistema dado, sea éste complejo o no.

            Para mayor dificultad, el problema no se reduce a lo anteriormente expuesto. Si dejamos la cuestión tal cual, podríamos realizar una variación desde el esquema de causalidad lineal, proponiendo un esquema multicausal representable por un grafo que muestre un arbol de causas y efectos convergentes en el efecto final que se constituía en el por qué inicial de la investigación. No obstante, la propia complejidad de un sistema tal (una sociedad, una biota, un organismo, etc.) nos conduce, inevitablemente, a cuestionarnos el por qué de su existencia. La segunda ley de la termodinámica nos dice que, para un sistema cerrado, sus elementos tienden a buscar la distribución más probable, de mínima energía y máxima estabilidad (una inducción de este principio es el tercer principio de la termodinámica); la entropía de un sistema cerrado siempre aumenta. Este principio no se cumple para un sistema abierto, y esto se comprueba de forma tajante al contrastar con la realidad: a lo largo de períodos considerables, la complejidad de un sistema natural o social dado se ha mantenido constante, en un estado de equilibrio dinámico antagónico al estado de equilibrio definido bajo las condiciones de entropía máxima. 

            Resulta lícito suponer la existencia de un propósito, de una teleología positiva (es decir, la inexistencia de una disteleología) para un sistema complejo, que no sería otra que mantener su complejidad adaptándose a las circunstancias cambiantes de su entorno. Un sistema abierto es un sistema que tiene entrada y salida de energía y/o materia. La entrada de energía en ese sistema sirve, precisamente, para mantener su complejidad, en peligro permanente por la tendencia inevitable al aumento de entropía definida en el segundo principio de la termodinámica. A este respecto, una analogía orgánica es muy ilustrativa: el insumo de materia y energia de un organismo le sirve para mantener su complejidad, esto es, para mantenerlo vivo.

            En términos de causalidad, las circunstancias mencionadas anteriormente acaban por disipar toda posible querencia hacia la modelización de una dinámica compleja en términos de causalidad lineal dado que, en última instancia, no permiten establecer una cadena causal con inicio y final para una dinámica dada entre los elementos que componen un sistema complejo. 

            Si tomamos a tal sistema en su totalidad (la modelización sólo incluiría el sistema y su entorno, sin describir lo que ocurre en el interior del sistema: es lo que se conoce como modelo de caja negra), el mantenimiento del sistema como tal, es decir, el mantenimiento de su complejidad organizativa, se realiza mediante una dinámica básica como la ilustrada en el gráfico adjunto. 

 

            Esta dinámica se define como realimentación. En ella, la entrada (del tipo que sea: materia, energia, información)desde el entorno en el sistema genera una salida para el entorno, que provoca una modificación en la entrada subsiguiente del entorno. El equilibrio en la composición atmosférica, a este respecto, es sumamente ilustrativo dado que, a día de hoy, se presupone que la biosfera mantiene en equilibrio las proporciones de oxígeno y dióxido de carbono.

            El mecanismo de realimentación del sistema en su totalidad se reproduce internamente, de manera que los procesos ocurridos entre sus elementos siguen también ese esquema de realimentación. Así, para un proceso que se presupone iniciado en un elemento, la fuerte interdependencia entre los elementos provocan que el hipotético cambio inicial provoque cambios en el resto de los componentes del sistema, y estos cambios, a su vez, provoquen nuevos cambios en el elemento supuestamente inicial. Evidentemente, la cursiva empleada en este párrafo denota la arbitrariedad inmanente a la elección de un elemento como origen de una cadena causal la cual, dada su dinámica básica de realimentación, será circular. La diferencia de la causalidad clásica con la tautología reside en la dimensión diacrónica de la construcción del conocimiento. Mientras que la tautología es un error inducido en una proposición hipotética acrónica, la causalidad circular asume la dimensión diacrónica de un problema dado, de manera que el efecto de una causa se puede convertir, transcurrido un tiempo, en causa de la misma dinámica. 

            La conjunción entre la fortaleza de la interdependencia entre los elementos y la dinámica básica de realimentación conlleva una imagen final de un sistema complejo en la cual resulta inasequible la reconstrucción de la causación de cualquier dinámica interna al sistema. Por una parte, cualquier cambio hipotéticamente iniciado en un elemento provocará cambios de diferente magnitud en el resto de los elementos. Por otra, esos cambios iniciados a partir del cambio inicial provocarán nuevos cambios de respuesta, tanto en el hipotético elemento en el que se origina el cambio inicial como en otros. Aún no siendo maximalistas, y suponiendo que una parte de los cambios originados tras el cambio inicial son despreciables a la hora de comprender el desarrollo de una dinámica dada, la fortaleza de la interdependencia implica una cadena causal irreductible, en última instancia, a una modelización exacta. Además, la circularidad del proceso torna también arbitrario la elección de un elemento en el que se origina el cambio, de un proceso inicial. Esta doble arbitrariedad en el proceso de modelización ahuyenta toda posibilidad de una reconstrucción objetiva de una dinámica dada.

            ¿Esto nos hace renunciar a todo intento de explicación, a una bancarrota de la ciencia? De ningún modo. Los avances producidos desde la ciencia han arrojado un balance lo suficientemente positivo y amplio como para evitar cualquier veleidad acerca de la ciencia y su finalidad fundamental. Lo que resulta es en un necesario baño de humildad, en una visión más clara de los límites de la ciencia; el significado reside en que el conocimiento de lo complejo es construido, que la relación entre el conocimiento y lo conocido nunca podrá ser de equivalencia objetiva. De lo anteriormente expuesto se deduce, espero más allá de la duda razonable, que la elección restrictiva es necesaria a la hora de considerar toda dinámica compleja. Sin embargo, que los límites del modelo tengan que ser arbitrarios no tiene por qué significar una bondad equivalente Sin embargo, el contraste con la realidad puede proporcionar criterios razonables para establecer la bondad de un modelo con respecto a otros, y derivado de ello su aceptación, aunque quizás haya que renunciar al criterio de falsabilidad de Popper en beneficio de un consenso armado desde el rigor. En Principia Cybernetica Project podemos encontrar un nodo bastante ilustrativo a este respecto:

Epistemological Constructivism

Ernst von Glasersfeld defines radical constructivism by the following two basic principles: 1) Knowledge is not passively received either through the senses or by way of communication, but is actively built up by the cognising subject. 2) The function of cognition is adaptive and serves the subject's organization of the experiential world, not the discovery of an objective ontological reality. The importance of constructivism is best understood by comparing it with the opposite, more traditional, approach in epistemology or cognitive science, which sees knowledge as a passive reflection of the external, objective reality. [...] The naive view is that our senses work like a camera that just projects an image of how the world "really" is onto our brain, and use that image as a kind of map, an encoding in a slightly different format of the objective structure "out there". Such a view runs quickly into a host of conceptual problems, mainly because it ignores the infinite complexity of the world. Moreover, detailed observation reveals that in all practical cases, cognition does not work like that. It rather turns out that the subject is actively generating plenty of potential models, and that the role of the outside world is merely limited to reinforcing some of these models while eliminating others [12]

            Esta cita bien puede servirnos, matiz mediante, como punto de partida para conjugar el principio de constructivismo con la diferencialidad relativa de un modelo dado con respecto a otros. Así, la mutación de constructivismo radical por constructivismo moderado es suficiente como para situar el conocimiento de lo complejo y, más concretamente, de lo social, en una posición equilibrada y con pretensión de alcanzar un cierto grado de consenso.

            En lo que se refiere a la percepción, la asunción de que nuestros sentidos funcionen como una cámara que sólo proyecte una imagen de como el mundo es en nuestro cerebro resulta inaceptable para un sistema complejo, y en especial para un sistema social. La propia esencia de la complejidad, la fortaleza de la interdependencia, convierte en obligatoria la selección de los elementos percibidos que van a construir una, digámoslo así, una 'unidad de conocimiento'. En tanto que dicha selección impide una aprehensión de la complejidad en su realidad total, la objetividad de la construcción del conocimiento de lo complejo en tanto que aprehensión factual, libre de discusión, no es sólo una actitud naif, sino puerilmente soberbia. Por si fuera poco, y en lo que a realidad social respecta, la cualidad social del sujeto investigador, tanto en su faceta de integrante de la comunidad científica como es su identidad social básica tornan imposible, en última instancia, cualquier aprehensión de cualquier elemento de una dinámica social sin que intervengan ciertos condicionantes sociales para la categorización y valoración de ese conocimiento, condicionantes que, a su vez, son tan interdependientes (tan complejos en su totalidad) y están tan interiorizados que escapan de toda posible asunción explícita no ya de su dinámica, sino tan siquiera de sus efectos. Dicha dificultad adicional de los sistemas sociales será tratada en breve.

            El papel de la comunicación es, en mi opinión, lo que da el signo de la radicalidad al postulado citado. Si en lo que a la percepción respecta la asunción de su dependencia respecto a la acción de la mente puede ser tomada como hipótesis de partida y es ventajosa a los efectos de los límites del conocimiento de lo complejo, respecto a otras asunciones, no ocurre lo mismo con la comunicación. Privilegiar de forma tajante la acción del sujeto cognisciente sobre la comunicación es una asunción aceptable para el arte pero no para un conocimiento que se pretenda científico o cercano a la cientificidad. Realizar esto, así mismo, es privilegiar al sujeto cognisciente en perjuicio de la colectividad; además de ser una posición peligrosamente al terror de nuestros tiempos que es el relativismo desatado, es negar toda entidad a uno de los pocos mecanismos culturales en torno al cual existe un amplio consenso en antropología, que es la enculturación (léase socialización, si se es sociólogo y no se pretende entrar en dificultades provocadas por el espíritu tribal y el carácter basalmente implícito de la diferencia entre ambas disciplinas). Por más que un individuo pueda recrear de forma diferencial lo recibido a través de la enculturación y en base a eso dotar de contenido a su identidad individual, dicha actividad tiene que tener un límite, límite al inicio muy restringido en base a la consideración del neonato como tábula rasa. Resulta casi trivial la consideración de que el conocimiento es uno de los ingredientes fundamentales que la enculturación aporta al individuo.

            Así mismo, y en lo que a conocimiento científico se refiere, se me antoja que la preponderancia drástica de la construcción individual de conocimiento respecto a la comunicación es enemiga tanto de la propagación del conocimiento sin mácula significativa como del consenso. Del mismo modo que ocurre para la colectividad en sentido amplio, el nuevo miembro de la comunidad científica necesita mantener una fuertemente pasiva mientras recibe su, digamos, enculturación científica. Esta pasividad debería (aunque no siempre es el caso) ir disminuyendo según el neófito se acerca a la posición de investigador de pleno derecho. La pasividad para con la recepción del conocimiento elaborado por otros resulta esencial si se pretende acumular conocimiento; de otra forma, todo contraste entre la elaboración propia y ajena carece de solución constructiva, en tanto que una solución aceptable  por los miembros de una comunidad disciplinar resultaría imposible a no ser que se recurriera a argumentos ajenos a la bondad del modelo en sí mismo.

            La pasividad en la recepción del conocimiento ajeno, en la ciencia, no puede basarse en argumentos de autoridad. El carácter esencialmente empírico de la ciencia exige que la aceptación de un nuevo conocimiento comunicado pase por un refrendo empírico de los postulados propuestos. De no cumplirse esta condición, por poco que se haga, el argumento de autoridad impone su ley, de forma directa o solapada, y su ley es el imperio de la moda intelectual. Dadas las dificultades que la contrastación empírica de buena parte de la investigación social, podría señalarse que ése es el destino inevitable de la 'ciencia social', pero quiero permitirme ser optimista y creer que existe una solución futura.

            La contrastación empírica estricta exige la cualificación de lo estudiado, y eso es algo fuera de cuestión para buena parte del objeto de las ciencias sociales, aunque ha costado mucho esfuerzo admitirlo. El contraste cualitativo con la realidad observable no permite, per se, evitar el problema del argumento de autoridad. Resulta razonable suponer, sin embargo, que un método para solventar dicha dificultad, para abandonar el imperio de la retórica por la retórica, se base precisamente en una asunción del carácter construido del conocimiento de lo social. La cualidad construida del conocimiento sobre la sociedad puede tornar lícita una relajación de los condicionantes que implica el contraste empírico; de ese modo, si un modelo dado se asemeja de forma satisfactoria al dato empírico, podrá colegirse que su explicación es así mismo satisfactoria, aunque nunca se pueda pretender que sea exacta. Después de todo, no resulta un crimen de lesa majestad acertar por equivocación, y mucho menos si la equivocación es sólo parcial.

            Habíamos señalado, no obstante, que el contraste empírico, a día de hoy, resulta insuficiente como para derrotar a los argumentos de autoridad y sus derivados y ad lateres. A este respecto, la crítico realizada al constructivismo radical puede sernos útil. Contra el argumento de autoridad está la necesidad absoluta de comunicabilidad en pro de la acumulación. La acumulación, del mismo modo, crece como sólo la ciencia lo ha hecho en virtud del consenso, y este es el enemigo acérrimo del argumento de autoridad, so pena que se denomine consenso a una adulación y rendición servil al ipse dixit. Espero se me permita señalar tres componentes básicos para que un modelo pueda ser consensuado de forma óptima:

- Explicitud: sus componentes (léase conceptos) han de tener una formulación no implícita en el texto sino explícita, separada, de forma que el lector pueda hacerse una idea cabal de los mismos sin tener que recurrir a su faceta de agente en la producción de conocimiento comunicado. La explicitud de los componentes restringe, en gran medida, el campo de acción de los exégetas autorizados, individuos dotados de una autoridad subalterna que les permite declamar en voz tonante cuál es el sentido correcto, disciplinariamente hablando, de un texto determinado de un autor.

- Inequivocidad: la formulación de los componentes ha de permitir un margen lo más estrecho posible en su interpretación. Ha de ser clara, aún a riesgo de poner en peligro la belleza de la expresión escrita, de forma que la comunicación del modelo en un texto sea recibida de forma lo más semejante posible por todos los lectores preparados para ello. Sumando esta característica a la anterior, la labor de los exégetas autorizados se torna superflua.

- Rigor y coherencia: en el momento de la definición, los componentes han de ser lo más estancos posible entre sí, de forma que su conjunción en el modelo completo (llámese esquema teórico, llámese modelo de dinámica dada) no de lugar a solapamientos, a confusiones entre los elementos y sus implicaciones [13] , y con ello se evite otra forma de que la comunicación sea en exceso dependiente de la acción del lector como sujeto cognisciente.

            En cualquier caso, la faceta del lector como sujeto cognisciente va a estar ahí. Dadas las dificultades mencionadas para el estudio de las dinámicas complejas sociales, no podemos pretender que el consenso sea drástico. Bastaría, a corto plazo al menos, con que el consenso fuera lo suficientemente sólido como para albergar esperanzas acerca de una acumulación operativa de conocimiento, y trascender la situación preparadigmática de las ciencias sociales (denominar a la situación actual como multiparadigmática es tan innecesario e hipócrita como llamar a un parapléjico persona de movilidad restringida). Por si fuera poco, dicha faceta es necesaria, en tanto que el acto de recepción de la comunicación puede y debe producir conocimiento que complemente al conocimiento derivado de la reflexión y observación propias. Por analogía, por inspiración, por concatenación de ideas propias a partir de las ajenas... mientras los criterios de salubridad comunicativa sean respetados, mientras la reelaboración de lo comunicado no se convierta en enemiga del consenso, dicha acción seguirá siendo una eficaz ayuda para las disciplinas sociales, tan difíciles de conducir en orden de cientificidad.

 

Bibliografía

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- Bertalanffy, L. v (1976) Teoría general de los sistemas. Méjico D.F.: F.C.E.

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- Giddens, A. (1990), The consequences of Modernity. Cambridge: Polity.

- Giddens, A. (1991), Modernity and Self-Identity. Cambridge: Polity.

- Koyré, A. (1973) Du monde clos à l’univers infini. París: Gallimard.

- Lem, S. (1989) La voz de su amo. Barcelona: Edhasa.

- Llobera, J. (1999) La identidad de la Antropología. Barcelona: Anagrama.

- Neusch, M. (1989) Un Dios para hoy. Barcelona: Gerder.

- Prigogine, I. (1997) ¿Tan sólo una ilusión?. Barcelona: Tusquets.

- Prigogine, I. y Stengers, I (1997) La nueva Alianza. Madrid: Alianza. 

- Stewart, I. (1991) ¿Juega Dios a los dados?. Barcelona: Mondadori.

Bibliografía electrónica

-Heylighen, F., Joslyn, C., Turchin, V. (1994-99), PRINCIPIA CYBERNETICA WEB. Free University of Brussels. URL: http://pespmc1.vub.ac.be/BOARD.html

-Heylighen, F. (1994), Web Dictionary of Cybernetics and Systems. Free University of Brussels. URL= http://pespmc1.vub.ac.be/ASC/IndexASC.html

 
[1] Adelantándome al argumento del presente artículo, quisiera indicar que mi intención de causar de forma superficial el desarrollo de la ciencia responde a una concesión para con el estilo ortodoxo de argumentación. Por más que defienda con énfasis la necesidad de un cambio desde la perspectiva analítica a la sistémica, y por más que dicho cambio obligue a una mutación revolucionaria desde la causación lineal a la no lineal, desde el énfasis en el detalle al énfasis del conjunto y su cualidad sinérgica, no creo de recibo afrontar de forma superficial el siempre complejo análisis sistémico aplicado al extremadamente complejo asunto del desarrollo y llegada a la madurez de la ciencia. Espero que el lector me perdone esta pequeña traición a la intención primigenia del presente artículo, y que lo haga por el respeto intelectual que siento ante cuestión tan compleja y que me hace tomar una decisión que, en buena ley, podría clasificarse como incongruente y hasta contraproducente.

 

[2] Permítame el lector introducir este neologismo para designar el sesgo etnocéntrico derivado de la adscripción al corpus de conocimiento científico como cosmovisión exclusivista frente a otras.

 

[3] Esto es, más allá de los argumentos circulares que se tienen que poner en marcha cada vez que se recurre a la explicación mágico-mítica de los sucesos.

 

[4] Subordinada la segunda a la primera en términos de prestigio ya que, al fin y al cabo, la primera promete proporcionar una cosmovisión sustitutiva de la religiosa la cual, en Occidente, pierde de forma continua influencia en las dinámicas sociales.

 

[5] Partiendo de su base relacional, esto es, de su dependencia del contacto con otros grupos, defino como hipótesis de partida la universalidad del etnocentrismo en base a  la necesidad universal de una identidad cultural/comunitaria. Respecto a esta última, la extensión y alcance de los gravísimos y extendidos problemas sociales derivados de procesos de aculturación y desarraigo es una prueba que, por reducción al absurdo, entiendo suficiente. Por más que no sea productivo considerar a comunidades y culturas como cajas estancas, y sí sea asumible, en base al dato etnográfico e histórico, la frecuencia elevada del préstamo cultural, considero aceptable la hipótesis de partida por la cual la adscripción a un colectivo y a una cultura por parte de un individuo, la identidad, sea constante, en tanto que resulta un mecanismo óptimo para engarzar al individuo con la cognición de su entorno más inmediato y fundamental, que a la fuerza ha de ser social. La necesidad de ese sentimiento identitario es tal para la construcción de la cosmovisión que su bondad está, más allá de un punto, libre de discusión. Aceptando la enorme extensión del mecanismo cultural de definición por oposición, y teniendo en cuenta la bondad de la identidad y, por extensión, del grupo y cultura propia, el etnocentrismo como mecanismo universal de cognición de otros grupos funcionaría, grosso modo, como el siguiente silogismo:  “Nosotros somos lo correcto” + “Ellos no son lo que somos” “Ellos no son lo correcto”. Resulta trivial que las definiciones anteriores no puedan pretender tener la categoría de axioma. Como ya he señalado, sólo pretenden ser hipótesis de partida que, en base a su generosa contrastabilidad con el dato acumulado, espero que puedan aportar, por poco que sea, rigor explicativo y cualidad explícita e inequívoca en su definición de cara a ulteriores elaboraciones teóricas. Así mismo, la hipótesis de la universalidad del etnocentrismo es una hipótesis de mínimos, de mera existencia del rasgo cultural (por más que pueda estar solapado con otros rasgos), variable según sean las relaciones intergrupales e interculturales, tales como de explotación de nichos ecológicos, de producción, de compatibilidad entre cosmovisiones, y un largo etcétera.

 

[6] Ciencia clásica o determinista sería aquella etapa de la ciencia (trascendida, que no superada), durante la cual se consideraba que, en última instancia, el comportamiento de todo elemento de la realidad era reductible al cálculo. Se puede concebir mediante la analogía del universo como un gran mecanismo de relojería, pese a que dicha analogía sea un tanto injusta en tanto que empobrece los enormes logros de la mecánica clásica. El siguiente gran avance de la ciencia, que con la termodinámica condujo a una nueva vía, la probabilística, fue en cierto sentido un cierre en falso del problema planteado por el determinismo, en tanto que no atacaba el problema fundamental de la relación entre modelo y realidad modelada.

 

[7] Así, en lo que a la vida diaria respecta, la mecánica clásica sigue siendo un instrumento perfectamente válido para multitud de problemas a los que la técnica se enfrenta. El lanzamiento de satélites y naves no tripuladas de exploración sigue empleando los principios de Newton. Sólo en algunos campos, como los satélites GPS de posicionamiento global, se hace necesario recurrir a la relatividad general.

 

[8] Paradójicamente, a estas alturas de la historia de la disciplina parece necesario insistir en que la ciencia no es otra forma de conocimiento más. Resulta trivial que no es equiparable en resultados: la demografía nos habla contumazmente al respecto, y por más que ciertos hiperrelativistas se empeñen en lo contrario, la medicina científica, la higiene pública, etc., consiguen resultados netamente superiores en lo que a mortalidad infantil y esperanza de vida se refiere; tanto la teoría como el método (experimental) son directamente responsables de ello. También resulta evidente que la ciencia nos permite comprender de forma más ajustada una enorme serie de fenómenos naturales fuera del alcance de otras formas de conocimiento.

 

[9] Heylighen, F. Web Dictionary of Cybernetics and Systems. Free University of Brussels, 1994-99 URL= http://pespmc1.vub.ac.be/ASC/IndexASC.html

 

[10] El método de falsación clásico consiste en asegurarse la reproductibilidad del fenómeno artificial generado. Si el análisis generado a partir de los datos obtenidos era correcto, un cambio controlado en alguno de los factores controlados del experimento es predecible. Por supuesto, esta exposición del método científico clásico, válido hoy en día para un amplio espectro de la realidad observable, es una simplificación considerable en aras de la claridad argumental, sobre todo teniendo en cuenta que, una vez que se alcanza una cierta masa crítica en el armazón matemático, nace una cierta independencia del método analítico respecto al empírico, de manera que se pueden generar nuevos análisis directamente a partir de análisis anteriores, con tal de que los nuevos análisis sean contrastados con el dato empírico en un momento posterior.

 

[11] Quisiera señalar que estoy harto de sentirme culpable por defecto. Por más que hace medio siglo los antropólogos fueran agentes involuntarios (o no) de las potencias coloniales, y por más que hace un siglo la explicación antropológica orbitara exclusivamente en torno al concepto de evolución progresiva, con cénit en occidente, me parece trivial el afirmar, comillas o eufemismos mediante, que no estoy bajo esas premisas, por lo que no tengo interés en justificar el uso de un término definible como políticamente incorrecto por aquellos que se ven abrumados por la culpabilidad propia o ajena

 

[12] VV. AA.  PRINCIPIA CYBERNETICA WEB. Free University of Brussels, 1994-99 URL= http://pespmc1.vub.ac.be/CONSTRUCT.html

 

 [13] Confusiones, por otra parte, inducidas las más de las veces por el inevitable uso del lenguaje natural