Amarguras de un Bandoneón

 

Sergio de Agostino
Mestre e Doutorando em Literatura
Espanhola e Hispano-Americana - USP

 

Al amigo Valter Kedhi que, caminante enamorado
de las calles porteñas, ha sabido auscultar el corazón
de Buenos Aires y así descubrir sus más íntimos secretos

 

 

Tan pronto se anunció la muerte de Tito Battini, Buenos Aires, ese laberinto de luces como lo llamó Borges, enmudeció bajo el impacto de la noticia. Perdían el país y el mundo una de las más expresivas personalidades del tango. Sus dedos mágicos ya no harían resonar las nostálgicas notas del bandoneón que poblaban las noches porteñas con la tristeza de sus lamentos y el sollozar de amores malogrados. Era como si Buenos Aires hubiera perdido su propia identidad. Era el alma del bandoneón que había partido, dejándonos la congoja de la nostalgia evocada por la amargura del tango doloroso que llena el aire con la melancolía de tan sentidos ritmos hechos para el dolor.

 

De todas las partes llegaban manifestaciones de pesar por la muerte del músico que había hechizado, con la fascinación de la melodía, algunas generaciones. Los más afamados tangos fueron por él ejecutados y las más celebradas voces como Azucena Maizani, Tita Merello, Mercedes Simone y Libertad Lamarque, la dama del tango, tuvieron el privilegio de ser acompañadas por el que fuera el as del bandoneón. Amigo de Gardel, formó parte de orquestas que acompañaron el Zorzal criollo en sus actuaciones por el mundo.

Como una reliquia a la cual se dedica gran estimación, su nombre estaba ligado a los mayores exponentes de la tradición tanguera: Enrique S. Discépolo, Francisco Canaro, Alfredo Le Pera, Enrique Cadícamo y Alfredo Malerba. Nombrarlo era evocar toda una era en que, al lado de Gardel, brillaban intérpretes como Ignacio Corsini, Alberto Gómez y tantos otros que encantaron una época inolvidable, época de ingenuas ilusiones, cuando los corazones, heridos por el dolor de la traición, no sentían vergüenza de expresar sus anhelos en las letras sentidas de un tango, como es el caso de La cumparsita, cuando dice:

 

Desde el día que te fuiste
siento angustias en mi pecho...
Decí, percanta, ¿ qué has hecho
de mi pobre corazón?

 

Y, desilusionado con la ausencia de la mujer querida, nos dice de la tristeza y de la soledad, ya que ni los amigos lo buscan más y, hasta el perrito, tan compañero, también lo dejó.

 

Y aquel perrito compañero
que por tu ausencia no comía
al verme solo el otro día,
también me dejó.

 

O cuando el rufián, temiendo que su pupila lo abandone, cambiándolo por un competidor afortunado, el bacán, expresa el dolor interpretando Mi noche triste, el primer tango cantado en sentido moderno.

 

Percanta que me amuraste
en lo mejor de mi vida,
dejándome el alma herida
y espina en el corazón,
sabiendo que te quería,
que vos eras mi alegría
y mi sueño abrasador.
Para mí ya no hay consuelo
y por eso me encurdelo
pa’olvidarme de tu amor.

 

Y, así, evocando el mundo del hampa, o sea, la clase envilecida por el vicio y por la miseria de los que viven al margen de la ley, va el tango exhibiendo las lacras de la sociedad, disimuladas por el falso brillo del neón que se espeja en el agua de los charcos, mostrando la triste palidez de sus luces. Son, como dice el tango, Tristezas de la calle Corrientes.

 

Ya, en Esta noche me emborracho, el pasado se hace presente cuando, después de diez años, los ex amantes casualmente se encuentran y él, sorprendido, recuerda lo que ella había sido y lo que es hoy:

 

¡Y pensar que hace diez años
Fue mi locura!
¡Qué llegué hasta la traición
Por su hermosura!...
Que esto que hoy es un cascajo
Fue la dulce metedura
Donde yo perdí el honor.

 

En su lecho de agonía, Tito Battini evocaba el pretérito lejano, los felices tiempos de su juventud, ahora presentes a través de las letras de los tangos, sin mover los ojos del bandoneón que, puesto a su lado, había sido el confidente de tantas cuitas de amor. Amigo inseparable, como tocado por invisibles manos, venía, ahora, a tornar menos dolorosa la partida del músico, poblando aquel cuarto de recuerdos que el tiempo no había podido borrar.

 

Como sombras que vuelven de la Nada, sentíase el espacio cargado de presencias queridas, repleto de voces que él, con su bandoneón, había acompañado en las noches porteñas con ese lamento desgarrador y universal llamado tango.

 

Poco a poco, una voz se impuso a las demás. Tito Battini se fue irguiendo del lecho. Con las manos extendidas intentaba abrazar de encuentro al pecho el amigo desde mucho ausente. El bandoneón, suspendido en el aire, acompañaba aquella voz tan querida que había sido la máxima expresión del tango: CARLOS GARDEL. Y, entonces, un quejido se hizo sentir, resonando, plañidero, por todo el aposento.

 

Volver
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir,
que es un soplo la vida...

 

Sí, es un soplo la vida. Tito Battini había partido con un cortejo de sombras compañeras, dejando Buenos Aires aún más triste que los resongos del bandoneón, que son los latidos del corazón del alma porteña.